jueves, 24 de octubre de 2013

Por qué escribir.


Fue a partir de Samuel Backett que empecé a construir mis propias repuestas a propósito de mi necesidad de escribir. Primero sentí que quizás no habría niguna necesidad  de escribir sabiendo que en el fondo, de todos modos, se trataba (se trata) de una especie de fatalidad imitativa, de una suerte de ley de gravedad, de algo perfectamente físico, rítmico, mimético, gramatical, sintáctico, acústico...

¿Qué ocurre cuando repito el verso de Byron "She walks in beauty like the night"?  Es un suave golpe en algún lugar de los sentidos, como música, un sonido, un significado de combinación perfecta entre la belleza de la mujer andando y la belleza circular de la misma noche a la que Byron compara con la mujer.


¿Es así? Es posible. Por momentos me inclino a pensar que la escritura obedece a las leyes físicas de la gravedad: una palabra cae al lado de otra y entre ambas generan un campo magnético de atracción y repulsión donde las dimensiones constitutivas en tensión van a ser la estética y el sentido. 
Tal fenómeno ocurre si entre las palabras escogidas existe empatía; quiero decir que puede tratarse de palabras opuestas pero que se corresponden, o que suenen tan bien que resulte imposible no dejarlas juntas. "Una pareja compenetrada", llamémosle. 


Reproduzco ahora y aquí una idea de Giorgio Agamben porque le encuentro el efecto de un disparador hacia la apertura de este hecho poco menos que enigmático que es el acto de escribir. Dice lo siguiente :
" Se ha dicho alguna vez que en cada libro hay algo así como un  centro que permanece escondido; y que es para acercarse, para encontrar y -a veces- para evitar este centro que se escribe ese libro".
En consecuencia, escribir es una indagación arqueológica que se lleva a cabo sobre la superficie de la hoja o (ahora) de la pantalla. Escribir es una excentricidad de incalculable belleza. Yo, acaso sin proponérmelo, procuro la exactitud y me topo -si estoy con suerte- nada menos que con la belleza. El tema de la belleza es controversial porque se la ha denostado con estúpida insistencia desde los tiempos del "realismo" y lo curioso es que el realismo no subsite sino como escoria mientras que la belleza allí está. Por lo demás, si bien puede no ser filosóficamente cierto, belleza y verdad quieren ir juntas, por lo menos desde las propuestas estéticas antiguas alentadas por Aristóteles, sean o no valederas.

Pero ¿qué importa? Quien escribe, aunque lo haga desde el más hondo invento, "percibe" la belleza si es "honesto" en su construcción ficcional. Así me parece a mí que son las cosas. Desde luego, cuando hablo de la belleza no pienso en la belleza "deslumbrante", anunciada con clarinetes y tambores, eso no es belleza sino acaso todo lo contrario.

Cuando habla de belleza hablo de algo casi esquivo, de una aparición que apenas aparece, de una evidencia que huye y que, sin embargo, cambia nuestra vida.

Veo ahora que la reflexión sobre la escritura está destinada a ser ella misma escritura. Escribir sobre escribir es escribir escribiendo, hasta el vértigo tautológico de Gertude Stein al rezar "a rose is a rose is rose is a ...rose" o para citar el comienzo bíblico de su "Ser Norteamericanos 2" que empieza así: 
"He estado exponiendo la historia de muchísimos hombres y muchísimas mujeres. En un determinado momento expondré la historia de toda clase de hombre y mujeres que existen". Sabemos que no es cierto, pero es glorioso, y está dicho con palabras corrientes. He ahí un desmesurado propósito ficcional expuesto sin fastuosidad alguna. Y eso lo vuelve "creíble" y "legible". 




No veo manera de seguir reflexionando sobre esta actividad a la que no hago otra cosa que dedicarle la vida entera sin antes repetirme un muy definido absurdo: siempre me supuse obligado a escribir y en cierto punto, y apesar de esa obligación, de inmediato me siento incapaz de hacerlo, desprovisto de todas mis hablidades, despojado de toda certeza con respecto a la presencia de un sentido, de algún sentido. 
No obstante lo cual me pongo a escribir indeclinablemente. La paradoja es extrema: Nada me obliga a hacerlo, es difícil hacerlo, no hay cómo hacerlo y sin embargo hay que hacerlo. Beckett lo dijo de una vez para siempre y yo lo hice mío como quien a ataja una pelota que le tiran al voleo desde el aire.


Es verdad, escribimos incitados por el hallazgo de un centro auspicioso o temible que está oculto en algún punto de las páginas en blanco que vamos cubriendo con signos.
Supongo que toda obra -prosa, poema, escritura, en fin- se dispara detrás de un hallazgo presunto. Toda obra importa un misterio, un enigma que avanza mediante la noción -también física!- de suspenso, paso a paso o salto a salto.  A veces llegamos al centro y no hay nada, pero entonces ese es el centro: nada. Otras veces hay una sospecha, una pregunta, una promesa, y ese es el centro: un algo que nos inquiere.

Cuando escribí El Apartado (y lo menciono porque es el primero y no necesariamente el preferido) sólo se trataba de la pasión rítmica de la escritura, línea a línea, y del gusto "performativo", sensual, casi táctil de la construcción a la que daba forma con -precisamete- el uso de la "forma". Sabía, de manera no muy clara, que estaba avanzando sobre el vacío pero lleno de deleite, sabía que las palabras eran protagónicas, que las palabras eran  también "personas", que el silencio podía ser "dicho" y yo "decía" el silencio y eso, hay que admitirlo, me embriagaba.
En cuanto al centro...¿Dónde estaba el centro? La sensación predominante era que el centro se desplazaba, se corría, se mostraba un poco sólo para mejor ocultarse y reaparecer más tarde. Aprendí (aunque es sólo un modo de decir) que el centro secreto de El Apartado estaba en el margen. Pero tal vez no sea así y seguramente no importa. Porque, en definitiva, sigo escribiendo en procura de ese centro que con bastante frecuencia intuyo como un margen que cambia de sitio.

Por último ¿Existe la felicidad de la escritura? Sin duda que existe, y en distintos grados. Creo (y digo creo porque sospecho que hubo otros momentos análogos) que nunca escribí en un estado de felicidad tal como cuando escribí "En otra parte". Tenía música de fondo y era como estar dentro de una película actuándola y escribiéndola al mismo tiempo. Una fascinación de ritmos, velocidades, sinapsis, saltos al vacío, vuelos de trapecio, acordes melódicos. Por momentos, la sensualidad resultaba sencillamente insoportable: era como rozar con la yema de los dedos la piel brillante y pálida de una mujer desnuda. La música era Abbey Road y Los últimos cuartetos de Beethoven, ni siquiera sabía qué cosa estaba escribiendo, pero se parecía a una novela negra tomado en broma. Y era, lo sé ahora, una diversión trágica cuyo centro estaba en todas partes.

Tal vez escribir sea tan inútil, tan inexplicable e imprescindible como los sueños.

Rodolfo Rabanal.





jueves, 19 de septiembre de 2013

El Hombre Quieto Desaforado

Cuando me pregunto qué estoy haciendo aquí no ignoro que formulo una pregunta insensata, porque sé muy bien lo que estoy haciendo. Sé muy bien que no estoy haciendo mucho, sobre todo porque me parece que es un poco inútil empeñarse a fondo en cualquier cosa, y además porque me va mejor la idea, por lo menos, de no hacer nada. Si bien es cierto que no es demasiado fácil no hacer nada.  Por otra parte, a nadie le importa, en el fondo, lo que uno hace o deja de hacer, a nadie. La indiferencia general es tan espontánea como la risa (si vamos al caso), aunque más   usual y afamada.          
Nadie me pide que haga lo que hago. Esto último, si bien se mira, es extraordinario. Nadie me pidió, rogó u ordenó que me viniera a vivir donde vivo. Nadie me pidió, rogó u ordenó que me pusiera a escribir todo lo que he escrito y todo lo que escribo, o leo, o pienso, o deseo, o deploro. Nadie. Y si esto se mira desde la óptica del vaso medio lleno deberíamos hablar del priviligio que otorga esta libertad sin bordes.

Desde ya, no hay libertad sin bordes, pero hagamos como si la hubiera. Sabemos que toda nuestra cultura se articula en el famoso eje del como si canonizado por Kant, a partir de la concepción altamente (o totalmente) ficcional de la realidad. La realidad es ficción. Lo cual suena hermoso, sea como sea. Pero yo hablaba de la libertad. De una   libertad tremenda, bastante amiga de los márgenes y de la desidia activa. Una libertad algo atroz.

Es muy raro, todo el mundo menciona la palabra libertad con la misma disponible ligereza que se emplea para hablar de zapatos, intereses bancarios  o del clima ambiente. Esta deplorable ligeraza es sólo atribuible  a la corrosiva frivolidad que caracteriza a esta civilización barranca abajo, ni más ni menos. Porque nadie sabe que cosa es en realidad la libertad. Se puede saber que cosa es la falta de libertad, sí. Eso sí. La definición por la negativa puede echar luz señalando lo que falta. Eso sí. Pero el que afirma saber que cosa es o puede ser la libertad es probable que sea un imbécil.

Volvamos a la pregunta insensata que inició esta reflexión  tan laxa. Volvamos a la pregunta, cuya fuerza retórica me tienta como me tienta siempre repetir el ritmo que dinamiza a un verso en la construcción de un poema. Quiero decir que esa pregunta improcedente e insensata es, no obstante,  una especie de disparador metafísico. Eso.

Voy a situarme en la escena que motivó la autointerrogación insensata. Estoy aquí a la una de la madrugada y afuera ruge la tempestad sin ninguna clemencia visible. El vendaval, una lluvia picada como una carga de artillería contra las chapas del techo más el aullido del viento, me infunde cierto pavor, no hay por qué negarlo.  No soy un héroe. Nunca lo fui ni busqué serlo, admitámoslo. Tampoco soy un niño de pecho. Tengo mis años, hasta es posible que ya sea viejo. Qué horror. No quiero hablar de la edad, me niego hablar del tiempo; siempre hablo de edad, siempre hablo del tiempo. Pero no quiero.

En medio de esta situación mi temor principal es que una racha de  ciento setenta kilómetros por hora arranque el techo de cuajo y lo deposite a doscientos metros de distancia dejándome en medio de la nada como Lear bajo la tormenta. Mi temor es que además se derrumben las paredes y nos quedemos definitivamente en pelotas. Pero el viento amaina y la lluvia se adelgaza, entonces baja el frío y yo recupero el ánimo y me digo: miedo, lo que se dice miedo, no tuviste nunca, nunca creíste que de verdad soplara una racha de viento capaz de levantar el techo, nunca.


Desde ya me contradigo, niego el sentimiento que tuve hace un momento, no lo reconozco y no porque no quiera, no, no soy ese tipo de miserable, para nada. Sólo ocurre que al dejar de sentirlo el miedo perdió entidad.

Pero así soy, pro y contra, blanco y negro, yo y mi doble. Por eso, cuando me jacto de no hacer nada, miento: estoy ocupadísimo. 
Sospecho que no es tan sencillo ser yo. Me meto en problemas lógicos, estudio los principios elementales de la Física Cuántica, trato de entender a los sanguinarios banqueros, procuro recordar en italiano algunos de los cantos de la Comedia, intento escribir poemitas graciosos en inglés. Hago de todo un poco. Y no es que obtenga mucho, no, más bien me lleno de dudas, miro las plantas del jardín de atrás, prendo el fuego con leña de eucalipto y piñas secas, me sirvo un vaso de whisky y conjeturo sobre el camino y el destino de la poesía universal hermética.

Wittgenstein confiesa en su diario:"Ahora soy un poco más decente. Sólo quiero decir que ahora tengo más clara mi indecencia de antes". Me gusta, porque se me ocurre que a mí me sucede lo contrario. No puedo ser tan preciso al respecto, aunque adore la exactitud. La personas como yo adoran la exactitud. Adoro las matemáticas y las construcciones geométricas y detesto los desbordes del barroco aunque suela cometerlos con  alguna frecuencia, luego me arrepiento y rompo todo.

Dije hace un momento que adoro la exactitud, y quiero creer que debo ese sentimiento al hecho de que lo exacto no admite discusiones estúpidas sobre gustos, inclinaciones, apetencias  y cosas parecidas. Nadie me puede discutir que las primeras propiedades  superficiales del plano se refieren al concepto de ángulo. Nadie. Cualquiera puede refutar la política de este o de aquel gobierno u opinar sobre sus gustos (o falta de gusto) en arte o literatura. Es fatal. Todo el mundo opina todo el tiempo indeclinablemente. Es fatal. Pero no pueden opinar frívolamente sobre los conceptos de exactitud ¿Como refutar la objetiva función de Pi por Radio al Cuadrado? No hay manera, es lo que es.


He notado que la gente trabaja demasiado produciendo cosas inútiles. Luego, similar cantidad de gente vive consumiendo montones de cosas inútiles, las mismas que otros -o ellos mismos- produjeron inútilmente. Por lo tanto no tengo por qué culparme  al admitir que me agrada no hacer nada. Hasta me atrevería a decir que no hacer nada tiene cierta nobleza.








Además ahora se cortó la energía y no hay luz, he prendido dos velas  y busco la linterna de luz blanca que alimento debajo del escritorio. La gata maulla porque quizás necesite salir pero no se atreve porque, es sabido, detesta la lluvia y le teme a la tormenta. Deambulo por la casa como si fuera mi propio fantasma, me acerco a la ventana del escritorio y veo el campo en medio de la noche y la tormenta que huye haciendo estragos y entonces es cuando me pregunto qué estoy haciendo aquí. Es cuando todo recomienza.



lunes, 29 de abril de 2013

Entre Aida y Homero



A la memoria de Aida Bortnik


Hace menos de una semana murió Aida Bortnik, guionista, periodista y escritora con la que, en cierta época, compartí algunas salas de redacción en Buenos Aires. Y de eso precisamente se trata. En la primavera de 1970 conseguí que el semanario Panorama me contratara como colaborador estable a fin de que al poco tiempo fuera nombrado redactor. En esos días, ya avanzado septiembre, me encargaron la traducción de las cartas sobre los peligros de comprometer a los Estados Unidos en Indochina que intercambiaron John Kenneth Galbraith y el presidente Kennedy durante los años en que Galbraith se desempeñó  como embajador en la India.
Un jueves, pasado el mediodía, en la redacción del semanario sólo sonaban tres máquinas, la de Aida Bortnik, la del crítico  cinematográfico uruguayo Homero Alsina Thevenet (HAT, para los amigos) y la mía, redactando mi traducción. Por distintas razones ninguno de los tres habíamos salido a almorzar. Por razones de trabajo guardábamos silencio concentrado cada quien en lo que estaba escribiendo. Afuera cantaban los pájaros y el cielo era azul. Aida ocupaba el ala izquierda de  la redacción unos tres escritorios por detrás del mío, ubicado en la fila del centro, y Homero se situaba en el ala derecha del salón. Entre ella y él no habría más de seis metros de distancia. En un momento dado oigo que Aida pregunta:
- Homero ¿Sabe qué día es hoy?
Y Homero, sin dejar de mirar el teclado responde:
- Jueves, Aida.
Y ella, después de un suspiro, alentada seguramente por la proximidad del fin de semana, exclama:
-Ay qué lindo, Homero...
Y él, siempre en el mismo tono y sin dejar de escribir, le responde:
-Ay, Aida, a cuántos días le habrá dicho lo mismo...
La oportuna gracia del chiste, la inmediatez de la respuesta y su indudable fineza, características del ingenio y estilo de Homero, hicieron que mi risa se sumara espontáneamente a la de ellos y empezáramos esa tarde a conocernos.
Han pasado algo más de cuarenta años y esa gracia repentina sigue viva en mi memoria, como siguen vivos ellos cuando la evoco.


domingo, 31 de marzo de 2013

Anécdota

El Olvido,el Encuentro



Anoche, en una comida en casa de amigos, el editor francés Jean Paul Enthoven me contó que Héctor Bianciotti, dos días antes de morir en 2012, lo llamó por teléfono porque quería saber cómo se encontraba Paul Valéry de salud.
Bianchotti hacía años padecía de Alzheimer y Paul Valéry había sido su primera lectura francesa en la pampa cordobesa a mediados de los años 40. Por su lado, Jean Paul Enthoven es otro gran entusiasta de  Valéry, de manera que Bianchiotti "sabía" a quién debía dirigir ese tipo de pregunta. 
Desde luego, la anécdota me pareció conmovedora y recordé a Bianchiotti en París hablándome de  mi retrato de Juan Rulfo publicado en La Nación y de mi novela El Apartado a la que, no obstante sus elogios, jamás recomendó publicar a Gallimard debido a que era "demasiado europea" para la boga latinoamericanista de fines de los años 70. 
Estábamos tomando café en Deux Magots y Severo Sarduy, que se encontraba con nosotros, no compartía la opinión de Héctor, alegando que Buenos Aires era "un destilado" muy particular de América Latina y que yo, sin duda, era porteño. Pero no hubo nada que hacer. Misteriosamente, sin embargo, Gallimard se quedó con El Apartado aunque todavía sigue sin editarlo. 

Por si alguien manejara nociones biográficas distraídas tal vez no sea ocioso añadir que Paul Valéry nació en 1871 y murió en 1945. 
Uno de sus grandes poemas es El Cementerio Marino, impecablemente traducido al español por Jorge Guillén y editado por primera vez en París en 1922.

domingo, 17 de marzo de 2013

Hojas sueltas recuperadas-7

ESCENAS DE UN MATRIMONIO


Lunes 14 de enero de 1977

Siempre que los visito les pasa algo un poco fuera de lo común. Y quiero entender que cuando no los visito también les pasan cosas fuera de lo común. Ese aire de comedia al borde de la catástrofe parece ser la materia más genuina de su naturaleza, y esa materia trasciende los límites de la simpatía pero, al mismo tiempo, esa comedia al borde de la catástrofe es parte de la sustancia que despierta en mi caso la simpatía hacia ellos.
Tal vez  sean originales.

Hay en esta casa un ordenamiento que jamás se "ordena" del todo. El orden de esta casa es un permanente desorden. Todo cae y es repuesto, pero vuelve a caer. Se diría que esta pareja se ve obligada a vivir en medio de una actividad frenética, incesante. Pero no es cierto, sólo lo parece.
En realidad, se mueven innecesariamente, se mueven porque moverse es parte del desorden.

Hoy el chico estaba jugando con un objeto de vidrio y de pronto tropezó, y al tropezar se fue de bruces, se astilló el objeto de vidrio y se cortó la piel de la rodilla. No fue grave pero debió arderle e impresionarle. Y entonces se puso a llorar, naturalmente.
Se impuso, claro, la necesidad de aplicarle un desinfectante y una curita o bien dejar la pequeña herida al descubierto pero, en rigor, nadie hizo demasiado porque todos mostraban una rara pereza. Más bien, ella y él cabildearon sobre el tema hasta que el chico dejó de berrear y empezó a observarse la lastimadura con el mismo interés que habría puesto para observar un insecto posado en su rodilla.
Estaba lloviendo y llovía sin parar, entonces él dijo "Esta puta lluvia que no para". Y ella:" Sí, llueve, pero yo ya no tengo en cuenta estas desgracias naturales porque son tantas todo el tiempo..."
¿Aceptación, madurez, resignación, indiferencia?
El me guiña un ojo y me dice: "La típica pasividad judía". "No entiendo -dice ella- como pude casarme con un antisemita". Ahora él se ríe y responde: "Te casaste conmigo porque no soy antisemita" "Sí, quizás no lo eras cuando nos casamos, pero ahora sí lo sos, y cada vez más" 

Después él cambia de tema y comenta: "Desde el nacimiento de mis hijos creo haber perdido la sensación de que todo finalmente puede arreglarse".
Ella, que está trabajando en un poema escrito en un cuaderno escolar, murmura: "Ahora todo recae sobre mí, te lo juro (se dirige a mí)" y de inmediato pide que retiren al chico :"Por favor, saquen a este chico de aquí por un momento". 
La hija mayor, una niña muy bonita y madura para su edad, resuelve el engorro llevándose a su hermano al cuarto de ella mientras hace un par de lúcidos cargos a sus extravagantes padre.

Ahora, durante un largo momento, tomamos cerveza y hablamos de Heráclito. Confieso que me siento perdido y  prendo un cigarrillo.

Más tarde el pequeño vuelve a las andadas. Lleva en la mano un vaso lleno de agua y lo vuelca por entero sin soltarlo. El padre sonríe sacudiendo la cabeza. La madre parece adormecerse repitiendo una especie de letanía porque, me parece, repite para sí los versos que está escribiendo. A estas alturas, el padre se pone a buscar algo que supone se extravió en algún rincón de la casa hoy o ayer, no sabemos. 
No deja de moverse, y mientras se mueve me dice:"He  perdido sensibilidad, hoy son pocas las cosas que me conmueven. Estoy bloqueado". Y al cabo, añade: "Creo que si pudiera viajar a Inglaterra allá encontraría a papá ¿no es raro?" 
Ella le clava los ojos azules con un brillo conjunto de indignación y tristeza y declara:

"Estás loco como una cabra" . Y yo empiezo a despedirme.

Días después. Ella me habla de sus fobias. Confiesa que, en los últimos tiempos apenas si soporta la luz de la mañana y me dice:"Es el sol negro de la melancolía". Dice que tiene miedo, pero es un miedo apagado, sin fuerza, sin ninguna capacidad de reacción. Cada mañana concibe una idea suicida y me explica las características de las depresión que la envuelve. La compara con la  náusea y el vómito y la noción permanente del sin sentido de todo lo que es y de todo lo que ocurre. "Es algo -trata de precisar- que transforma la realidad hasta borrarla, pero no, no la borra, la borronea, lo que es peor. Vivo una realidad borrosa.  
Antes solía hablar de política, ahora ya no, ahora teme que la denuncien y vengan a buscarla y la asesinen. Dice que ha vuelto a leer mi novela "El Apartado" y siente que es una desgracia porque narra la desgracia. No sé qué decirle. Tal vez deba sentirme halagado, pero tengo mis dudas.

El sábado 17 de enero al atardecer.
Anoche otra vez en casa de ellos. El está feliz porque encontró lo que se había extraviado en algún rincón de la casa. Mirá, me dice, fijate que objeto distinguido, qué belleza, era de papá. Se trata de una lupa de lectura fabricada en Holanda en el siglo XIX. Y ella  dice:"Se pasa el día entero leyendo el diario a través de la lupa". Me encanta, dice él, descubrir el grano de la tinta y los espacios entre los granos. Es como mirar el universo, porque de pronto las palabras ya no importan, no significan nada, son solamente un fenómeno material ¿ves?
En ese momento, ella hizo el gesto de estar masticando un chiclet, pero de perfil, estirando el cuello y el pelo rubio hacia atrás, con la cabeza un poco en alto contra la pared blanca iluminada por la lámpara de pie. 
Pensé que estaba posando para volverse "inolvidable". Y él dijo, se la ve hermosa. Sí, asentí. Y él, me gusta la palabra"hermosa" porque es total y los tilingos la odian. Son tan boludos... 
Ella se ha puesto a reír. El dice de sí mismo que tiene raíces aristocráticas procedentes del Alto Perú, las únicas raíces aristocráticas de América, añade, que, por lo demás es un potrero...
Yo, en cambio, le digo que tanto su mujer como yo "venimos de los barcos", ante lo cual se encoje de hombros y comento que hay maravillosas excepciones.

Ya en la calle, caminando por la vereda del parque me pregunta muy seriamente si yo creo que está loco. Y agrega que toda su memoria es culpable, toda, por entero. sin salida. Ahora estoy mejor porque empiezo a aceptarme, a admitirme ¿Te das cuenta?  Yo asiento con la cabeza sin saber en realidad qué cosa estoy convalidando. Y entonces me cuenta que tuvo una experiencia homosexual como prueba de su búsqueda. Le digo que no lo puedo creer. Sí, me dice, creeme, estuvo muy bien pero no veo que prospere, en el fondo no me interesa. Le pregunto si lo que me está diciendo es que se acostó con  un tipo. Bueno, aclara, no llegamos a la cama, preferimos masturbarnos sentados uno frente al otro.

Después vuelve a tocar el tema de la lupa, del uso "aristocrático" de tal adminículo, de la incomprensión de ella, su mujer, ante ese uso, una incomprensión, subraya, completamente plebeya. 
Nos despedimos.

Tres o cuatro noches más tarde resuelven recrear a Shakespeare, él será Macbeth y ella Lady Macbeth. Ella le dice te odio porque eres un cobarde y un pobre loco y apenas un asesino. Yo, en cambio, dice él, te amo y te deseo y te odio también. 
Recitan. Yo corrijo con el texto en la mano aunque se trate de una versión libre. Los chicos están en casa de la abuela. Debido a un gesto demasiado brusco, ella rompe una jarra de barro y todo la obra se viene abajo. 
El amaba esa jarra, cómo la amaba... Además (confiesa llorando) te empezaba a desear esta noche y ahora me has deserotizado miserablemente.
Yo los dejo y me llevo a mí mismo como si arrastrara mi alma por el piso. Esta noche los he detestado.


Una tarde (no marqué la fecha), él me lee un trozo de Nietzsche. Estamos sentados en el Café del Parque. Nietzsche dice:
" Las grandes cosas es preciso callarlas o hablar de ellas con grandeza, es decir con cinismo e inocencia". Me mira triunfal. Yo, en cambio, lo miro desconcertado. Me pregunta qué me pasa. Le digo que, francamente, esa idea me resulta incomprensible. Estalla: ¡Cómo te va a resultar  incomprensible, Por Dios!. Francamente, insisto, este párrafo se me presenta difícil y confuso, porque no veo que haya grandeza en el cinismo, tal vez sí en la inocencia pero no en el cinismo y además ¿en qué punto podrían corresponderse grandeza y cinismo, me querés explicar? Pero se ha puesto pálido y ya no habla.


Después de una crisis nerviosa ella ha pasado una semana internada. Camina como si flotara y me ha contado que, diez años atrás, en "una internación parecida" conoció a Alejandra Pizarnik y sintió que podía amarla. Y de pronto recita:

  El poema que no digo
  el que no merezco.
  Miedo de ser dos
  camino del espejo:
  alguien en mí dormido
  me come y me bebe.

"Me dan ganas de llorar" dice. Trato de consolarla. Me comenta que su matrimonio está terminado.

miércoles, 13 de marzo de 2013

Hojas sueltas recuperadas-6

                                                        INSIGHT


Lunes 14 de abril de 1977

Indagación de emociones.

¿Qué siente ahora?
Depresión. No muy aguda, pero es un estado depresivo.
¿Se dio cuenta de que estaba deprimiéndose mientras hablaba?
Sí.
Así que lo vivía, lo estaba viviendo y no me lo dijo.¿Experimenta algún trastorno físico?
Algo... Una especie de vacío en el estómago y cierta opresión en el plexo. Creo que si la situación emocional se agudizara en esa dirección podría sentir un principio de náusea.
¿No de hambre?
No exactamente.
¿Se da cuenta...? Las emociones son pensamientos  del cuerpo. Enseñan más que las ideas.Pero usted confía demasiado en las ideas.
Ya sabemos...
Eso es. Además me parece percibir que otros sentimientos subyacen a la depresión. Y como siempre  usted se defiende de las emociones con ideas o con violencia.
Bueno, sí, podría, creo, reaccionar con cierta violencia...
Exacto. Muy probablemente ¿Y por qué?
Bueno, sería una respuesta...
¿A  quién?
Supongo que a la propia debilidad, para no dejarme estar totalmente.
Pero ahora, ahora mismo, es como si tuviera algún sentimiento agresivo hacia mí, por "no sacarlo", por llevarlo, digamos, a la depresión, etc.
(Silencio. Pienso y no hablo y registro lo que no dije):
¿Sabe que creo? Que esto es un juego, pienso que estamos jugando. Yo vine a pedir ayuda, yo vine para saber qué debo hacer. Porque si sólo veo dos salidas pero hay una tercera ¿por qué no me la muestra? ¿Se la guarda en la manga para sorprenderme?


Al día siguiente. Escribo estas notas en el cuaderno de tapas marrones. Almuerzo chino a las tres de la tarde después de haber espantado a un marica que me la quería chupar en el baño del subsuelo de Cinearte. La ciudad, fascinación que induce, levanta y hiere. Tres whiskys en la barra de Lavalle mientras siento en el estómago la canción dulce de la salsa china.
No deseo volver al análisis.

jueves, 28 de febrero de 2013

Hojas sueltas recuperadas-5

Breve conversación con Borges

El jueves 2 de agosto de 1979, pocos días antes de irme a los Estados Unidos, fui a visitar a Borges. Eran las 10:30 de una mañana nublada y lluviosa. Cuando llegué al famoso departamento de la calle Maipú Borges estaba en camisa y pidió de inmediato a la mucama que le alcanzara el saco. Le comenté que el día estaba oscuro y frío y lluvioso y dijo:
-Mejor. Los días de sol son muy desagradables, lo mismo que el calor. Sarmiento cuenta que cuando conoció a Emerson éste le preguntó si en su país nevaba. Sarmiento contestó que no y Emerson dijo:"Entonces no tiene ningún interés". Fíjese que raro, porque Emerson era un hombre cortés, pero la idea es bien protestante ¿verdad?
-Así parece, como si se tratara del viejo litigio...
Pasamos después a hablar  de otras cosas. Borges rumió sus  temas predilectos, habló de su familia, de Carriego, de la fama. 
-Cuando yo era joven acompañé un día a Lugones desde la Biblioteca del Maestro hasta La Nación y nadie lo miraba, nadie decía ahí va Lugones...
-En cambio, con usted se ha vuelto difícil salir a la calle.
-Sí, francamente, yo no entiendo el porqué de mi popularidad.
Le digo que la televisión y las revistas ilustradas tal vez estén contribuyendo a que la gente lo identifique. Concede con un murmullo y empieza a decir algo que luego abandona y, de manera inesperada, se pone hablar de los Estados Unidos en un tono muy poco pro americano que digamos.
-Yo noté que no tienen idea de familia, no son éticos. Para ellos tener primos es un bizantinismo ¿no?
Además son violentos ¿Conoce el cuento del inglés y del americano que se encuentran y se desafían a ver quién dice la mayor mentira? Bueno, el americano empieza: "Once, a gentleman from Chicago..."
El inglés lo interrumpe de inmediato: "You win!" ¿Estupendo, no? El inglés prefirió perder porque de ese modo admitía su superioridad: no hay caballeros en Chicago.
Después añade: 
- A Faulkner lo invitaron una vez a San Pablo. Estaba en el piso 30 de un torre, miró hacia afuera y dijo: "Odio Chicago" y los paulistas se sintieron orgullosos por la comparación.
Nos reímos, Borges es un gran bromista y dispone de un buen stock de chistes. Vuelve a la cuestión de la fama:
-  A mí me ha pasado lo que al tango. Aquí nadie lo quería, pero cuando los franceses lo adoptaron se transformó en pasión nacional.
(Sigue el humor) 
-Bueno, los argentinos somos bastante especiales. Fíjese que José Igenieros saludó al presidente de los Estados Unidos con un nombre falso para señalar que nada importa nada. Estaba en una lista de saludos y cuando le tocó su turno y el presidente le estrechó la mano, Ingenieros se presentó; "Josué Samoil"
"Glad to meet you Mr. Samoil"dijo el presidente. 
Volvemos a reírnos. De paso, Borges comenta que Cecilia Ingenieros era una bella mujer, una especie de princesa gitana y me pregunta si yo sé qué se ha hecho de ella. Y yo lamento decirle que jamás la conocí. 
Recién entonces me doy cuenta de que nadie a descorrido las cortinas y que estamos prácticamente a oscuras. Y entonces pienso que un ciego no necesita luz. Vacilante se incorpora y se toma de mi mano y me pregunta por el origen de mi nombre por tercera vez, creo. Entonces opina que los norteamericanos han tenido más suerte que nosotros con los nombres indios:
-Fíjese Iowa, por ejemplo -me dice- parece agua en movimiento, Utha, Idaho... En cambio nosotros tenemos Chivilcoy, qué infortunio ¿no?
Observo que viste un traje gris, camisa celeste y corbata azul con tenues dibujos en el mismo tono. Hemos hablado del tiempo y de edad y entonces masculla:
- Cumplir ochenta años es una cosa atroz...

No obstante, señala algunas ventajas de la ceguera:
- La ceguera me permitió conservar las caras de mis amigos en la lozanía de los años mozos. Hace poco me visitó una antigua amiga, una mujer notable por su belleza. Le pregunté cómo estaba y me contestó es una suerte que no puedas verme, te llevarías una desilusión. ¿Es para tanto? le pregunté. Y ella: mucho más de lo que supones.
Borges se sabe utilizado por la gente pero no tiene defensas contra esa utilización de su persona. Con la avanzada edad y la ceguera, su figura se ha vuelto frágil y sumamente insegura. En compensación, su mordacidad se ha acentuado a la par que su escepticismo.
-Cuando joven -dice, por último- discutía con todo el mundo. Ahora tiendo a estar automáticamente de acuerdo con todas las opiniones. Es más cómodo ¿verdad?
Me fui de allí enriquecido y también un poco triste.
Y pensé que Borges no se detiene en al frontera de las posibles derivaciones  de sus pensamientos. Va siempre más allá. Tal vez por eso, hoy, Borges da la impresión de haberse "absuelto" de la fama, permitiéndose todo con infinita tolerancia.

(Publicado parcialmente en la La Nación en septiembre de 1979)

lunes, 25 de febrero de 2013

Hojas sueltas recuperadas - 4

Clase de Mario Bunge


El viernes ocho de noviembre de 1985 conversé con Mario Bunge en la Universidad de Belgrano y luego asistí a su última clase sobre Razón y Racionalidad donde explicó, en términos muy resumidos, su filosofía materialista que ahora, veintisiete años después, reproduzco aquí.

Sobre el materialismo. Algunos restringen el concepto de materia a aquello que tiene masa. Otros dicen que materia es todo lo que existe fuera de la conciencia. Pero ninguna de las dos posiciones es exacta.
Lo cierto es que las cosas cambian, aunque a  veces hagamos de cuenta  que tratamos con objetos inmutables. Todo, absolutamente, se modifica y esta modificación puede ocurrir en un segundo  o en mil años. Pero eso no importa.
Y esta capacidad de cambio contrasta con la capacidad de permanencia propia de los objetos conceptuales. No se nos ocurriría preguntarnos ¿cómo ha amanecido hoy el número 30?
Entonces, un objeto material es un objeto capaz de cambiar. De modo que debemos considerar los estados posibles de ese objeto y para cualquier sistema de referencia lo que es material debe tener por los menos dos estados posibles.
La materia es igual al conjunto de todos los objetos posibles, son las partes de los objetos materiales. Pero, atención, los conjuntos son objetos conceptuales...! Y no hay aquí paradoja alguna aunque lo parezca, porque lo que acaba de ocurrir es que hemos construido así el concepto de materia, no la materia.

El postulado central de la tesis de Bunge es el siguiente:

P-Todos los objetos reales son materiales y concretos. Se puede decir que un objeto es real cuando puede influir -o ser influido- sobre otro, o si está compuesto por objetos reales.
P1- La realidad es el conjunto de todos los individuos reales. Pero de la realidad no se puede predicar la realidad como de la bondad no se puede predicar la bondad. Sólo hay personas o animales que son buenos, pero no bondad. Lo que es real son las partes que componen a la realidad.
P2- Realidad = Materia. Todo objeto existe realmente si es material.
Corolario negativo: Los objetos inmateriales son irreales. Por ejemplo, las propiedades en sí, no las cosas dotadas de propiedades. Por ejemplo, la distancia entre las cosas no es una categoría real, la distancia así enunciada no existe. Lo que existe son cosas distanciadas.
Ahora bien, a las matemáticas no les interesa para nada la materialidad y es por eso que habla de distancia entre puntos alejados.

El espacio físico a diferencia del espacio matemático es uno. El espacio y el tiempo son irreales fuera de  las cosas que les confieren realidad. Según Einstein  Espacio y Tiempo ( E y T) son irreales e inmateriales por no existir independientemente de la materia. Esta es una teoría relacional del E y T.

¿Qué es una teoría?
Una teoría es un sistema conceptual, pero un sistema concreto es un conjunto de cosas concretas. Y un sistema es real si está compuesto de cosas reales.

Postulado 2- Todo objeto real -material-es o un sistema o el componente de un sistema. Dicho de forma negativa: no hay cosas sueltas. El valor eurístico (metodológico) es el que nos impele a buscar relaciones pero para ello debemos partir de hipótesis que sostienen que estas relaciones existen.

(El sistema de Bunge es dinamicista porque identifica materialidad con mutabilidad)

Postulado 3- Todo sistema tiene por lo menos una propiedad emergente respecto de sus componentes, por lo tanto es este también un materialismo emergentista.
Lo Físico es precedente de lo Químico porque lo contiene. Así, la noción de precedencia de niveles se basa en la noción de composición de un sistema y en el conjunto de todos los objetos que son parte del sistema.

Postulado4- Los sistemas de cualquier nivel han emergido en el curso de algún proceso de "ensamble" de cosas de niveles inferiores.
Los postulados 3 y 4 implican el Teorema 2, según el cual todo proceso de "ensamble" va acompañado de la emergencia  de por lo menos una propiedad del sistema.

Postulado 5- Algunos procesos son evolutivos (¡Toda novedad es seguida de alguna  deidad!)
Ontológica materialista: exacta, sistemático, científico dinamicista, sistemista emergencista, evolucionista.
El materialismo dialéctico (MD) no es sistemático, no es científico, es sí dinamicista.

El materialismo científico (MC) equivale a materialismo+ciencia actual, en tanto que el(MD) es igual a materialismo +dialéctica + dogmatismo y mucha escolástica con abundantes referencias a autores. El (MD) no aclara que  significan los contrarios.
 (Aquí se abre un espacio irrecuperable y pasa de golpe a otra cuestión)
Hoy sabemos que el photon es un objeto simple, o sea que no tiene partes, por lo tanto no puede decirse que tenga contrarios. Por lo demás, el (MD) no tiene en cuenta la cooperación que el (MC) sí tiene en cuenta cuando estudia no sólo cuestiones orgánicas  sino sociales.

Otras Aclaraciones
Las matemáticas son un sistema ficticio, proponen una ficción.
La filosofía es interdependiente con la ciencia.
Hoy no hay rama del conocimiento que sea independiente de las demás. Cuando alguna se proclama independiente se denuncia  como seudociencia.
No hay pruebas de nada concluyente porque no hay datos concluyentes.
Habitualmente todo está en cuestión, datos y teorías; sólo hay experimentos, algunos más decisivos que otros.

Bunge destacó, ante un lapsus cometido por él, lo que llamó "la trampa platónica": "Acabo de decir -comentó- un zapatero que arregla todo tipo de zapato. Y está mal, se debe decir: un zapatero que arregla zapatos de todo tipo ¿Por qué? Porque el zapatero trabaja con la realidad material de un zapato y no con una categoría abstracta".
Después nos fuimos a tomar una copa.


martes, 19 de febrero de 2013

Hojas sueltas recuperadas - 3


Carta abierta espontánea


El creciente predominio de las finanzas sobre la política está transformando a la sociedad occidental y vecindarios en una ecuación de la que se borra el "término" humano y donde la buscada incógnita a resolver exhibe un perfil entre incierto y temible. Desde ya, en días optimistas me inclino por la resolución "incierta". Sólo que no todos los días se levanta uno optimista.
El desgaste del lenguaje habitual para designar el universo político acusa también esta transformación: decir liberal y decir democracia equivale hoy cada vez más a repetir una fórmula conformista vaciada de sentido que sólo evidencia la traición ejercida, precisamente, sobre la idea liberal y la práctica democrática, machacadas y deglutidas ambas entre las mandíbulas de un sistema cada vez más hambriento y en beneficio de un conservadorismo capitalista extremo cuya única noción de libertad es cierta libertad de mercado entre pares. El resto son palabras.

Escribo desde la descreencia en la absoluta fiabilidad de cualquier tendencia, agrupación o partido político para imponer condiciones que beneficien efectivamente a todos, y hablo a partir de un ejercicio crítico que no pocas veces se ve azotado por una tormenta de confusiones contradictorias. 
Al  mismo tiempo ¿cómo no aprobar y sostener la existencia de la vida política a pesar de todos sus fracasos? ¿Qué sociedad sería posible entregada exclusivamente a manos privadas? ¿Qué dictadura resultó alguna vez beneficiosa? ¿Cómo imaginar una nación sin estado?
Con todo, produce un cierto escalofrío pensar en el diseño que podrá adquirir el mundo en un futuro no muy lejano desde estas democracias parciales, en parte mentidas o manipuladas. Además, ya no parece haber adversarios políticos sino enemigos desbordados por una pasión tan peligrosa como pueril.
En efecto, ya no podemos sentarnos a discutir nuestras diferencias políticas alrededor de una mesa de manera civilizada; no, no hay manera. Manejamos emociones, no ideas. Manejamos datos aislados, no conocimiento. El prejuicio sigue prevaleciendo sobre el juicio. La información abunda pero en rigor (en su esencia) nos está mayormente vedada. Los medios de comunicación han desarrollado la innegable capacidad de construir su realidad propia en buena parte al margen o en contra de la realidad misma. Los gobiernos se encierran en la carcasa de sus discursos hasta el mero desgaste de sus auténticos propósitos. Los hipócritas (o los tontos) recurren a las argumentaciones morales para juzgar lo colectivo. Las oligarquías globales procuran aplastar a las democracias populares. Mientras que las democracias conservadoras se reivindican como únicas poseedoras de la verdad política.

En una conversación memorable entre Cornelius Castoriades, Octavio Paz y Jorge Semprún que tuvo lugar en Francia en 1988, éste último dice: "El problema de fondo sigue siendo éste: nos vemos confrontados con la necesidad de transformar nuestras sociedades sin ningún modelo de reemplazo. En lo más recóndito de la crisis está esto. La democracia es el horizonte insuperable de nuestro tiempo".

Nada parece más actual después de casi un cuarto de siglo. Sin embargo, a la hora de ser pronunciadas esas palabras la "revolución" virtual y el desarrollo de la comunicación digital no habían alcanzado todavía la dimensión totalizadora que hoy tiene. Castoriades, esa misma tarde del 4 de junio de 1988, había agregado seguidamente que el proyecto esencial de Occidente, que consiste en la autonomía de los individuos y de las colectividades "parece haber entrado en una fase de evanescencia". Es, precisamente, en ese punto donde sobresale la "deshumanización" neoliberal o neoconservadora, poderosamente dirigida a anular cualquier fuerza que se oponga a su marcha. La idea del "bien" como absurda categoría de justeza política y cultural indiscutible se opone a la idea del "mal", que designa al enemigo absoluto. Habitualmente islámico.
¿Estaremos destinados a una nueva polarización?
Me parece bastante pavoroso e injusto que si alguien critica los procedimientos del gobierno de Israel corra el riego de ser tildado de antisemitismo. Nadie que critique al gobierno de Francia sería tildado de antifrancés.
De modo análogo, si alguien aprueba algunas de las medidas del gobierno argentino o bien manifiesta su acuerdo con sus líneas generales, será rápidamente tildado de "kirchsnerista" o populista básicamente "antidemocrático" en abuso esquemático de las nominaciones ideológicas.


Y yo me pregunto si no estaremos encaminándonos a una confrontación dolorosa debido al hartazgo de bienes privilegiados y al abuso de argumentos falsos en los que ya nadie cree. Pero no lo sé, porque después de todo la política no es mi fuerte y siempre termino por creer que mi contrincante quizás tenga más razón que yo. Tampoco sé quiénes leerán esta página. Es decir, más bien tiendo a creer que casi nadie leerá esta página, por lo tanto sería inútil confiar en su valor de manifiesto y sí, en cambio, tenerla como una opinión inspirada por la naturaleza del día, por cierto abierta a su enriquecimiento.  

jueves, 7 de febrero de 2013

Hojas sueltas recuperadas-2

Alrededor de Rosebud


No es improbable que Orson Welles haya construido toda la fantasía narrativa de su película "El ciudadano" a partir de la palabra rosebud sustantivo común inglés que significa capullo de rosa y también pimpollo y que después del film se transformó en un término excepcional y enigmático, clave para perseguir un enigma o plantear una o más intrigas.
Orson Welles escribió la historia de "El Ciudadano" (Citizen Kane) tomando como modelo al magnate de la prensa norteamericana William Randolph Hearst, hombre talentoso y autoritario, creador de una imponente cadena de medios que llevó su nombre. En la cúspide de su poder económico quiso vivir como un señor renacentista en un palacio a la manera de Marienbad pero sin dejar California, para lo cual lo hizo levantar allí mismo trayendo los materiales de Europa. El resultado es una casi perfecta réplica de los modelos arquitectónicos versallescos aunque no encaje del todo en el clima espiritual y psicológico de California. En ese sentido es una obra desopilante.
Por su lado, Orson Welles mezcló aspectos de la vida de Hearst con algunos contornos de la suya propia  (después de todo también él era un megalómano considerable) y obtuvo, es innecesario decirlo, una de las mejores películas del siglo veinte.
Pero  ¿dónde entra la delicada palabrita rosebud?
Hearst fue un hombre que concibió un amor extraordinario y duradero por la actriz Marion Davies, una indudable belleza del cine mudo y se dice que cuando Hearst y la Davies vieron la película de Welles se sintieron ultrajados, tanto que el magnate prohibió que en sus publicaciones se  hablara de "El Ciudadano" o se mencionara a su director e intérprete principal.
Como recordarán todos aquellos que vieron el film, cuando el ciudadano Kane está por morir pronuncia una sola palabra y esa palabra es rosebud. Más tarde, un periodista que indaga en la vida de Kane descubre un trineo que perteneció a Kane en la infancia donde aparece inscripta la palabra rosebud. Y eso es todo. Pero entonces ¿por qué la indignación tan radical del magnate y de su amante?
Según la leyenda más difundida, Hearst llamaba rosebud al sexo de Marion Davies y a Mario Davies por entero pero, eso sí, en lo más reservado de su intimidad erótica. Desde esa perspectiva Welles aparecía como el usurpador indiscreto de una clave sexual  sin ningún cuidado por la privacidad de Hearst y de su bonita amante. Sin embargo, en ningún momento de la película se da lugar a que la sospecha se aclare y denuncie lo que la palabra oculta. Nadie podía saberlo y fue sólo la indignación de Hearst que le quitó el cerrojo y la hizo rodar como un chisme de mal gusto. En realidad no tenía con qué demandar a Welles y tampoco podía revelar las razones de su furia sin revelar el sentido de la palabra. Hizo silencio y Welles sonreía en la oscuridad como una fiera maligna.

sábado, 26 de enero de 2013

Hojas sueltas recuperadas - 1



Enero 2004- Es muy probable que el mundo sobreviva a su propia degradación. La mera vileza humana no garantiza su extinción y los viles son fuertes y osados y quieren vivir por encima de las ruinas que ellos mismos ocasionan. Es paradójico.


Pero cae la lluvia y brilla el sol y el mar adopta una estremecida coloración metálica de un verde claro. En la radio están pasando "Michelle", de los Beatles. Como si el siglo XX no se hubiera agotado.






Atardece, el sol se pone a los ocho. El mundo se ha vuelto repentinamente dorado y carmesí. Dicen que el espacio que circunda la Tierra está plagado de chatarra industrial cósmica. Con todo, hay mujeres muy bellas y ojos de mirar sereno.






Poema de Osip Mandelstam dedicado a Ana Ajmátova:






Tu acento asombroso es 


el cálido silbido de un ave rapaz.


O acaso diré: la imagen viva


de un relámpago de seda






El poema es más extenso pero son estos versos los que no se me despegan. Ajmátova fue una mujer hermosa, tanto que Modigliani la persiguió en París en 1911 y deseó raptarla para que jamás volviera a Rusia. Sin embargo, nadie pudo con ella, ni siquiera Stalin. Durante un año o poco más, Mandelstam y ella fueron íntimos. Ajmátova no sólo era bella sino una poeta tan grande como él.

viernes, 25 de enero de 2013

Los Ciento Cuarenta

En mi calidad de reciente usuario de Twitter y teniendo en cuenta mis normales incapacidades para desempeñarme en el mundo digital, me rondan reflexiones inquietantes, contradictorias y fugaces. 
De manera inesperada (en mi caso) el Twitter me divierte y me intriga. Después me aburre y en una tercera etapa emocional me abruma: siento que el universo entero se controla, vigila, opina, aprueba o rechaza. Podría ponerlo de otro modo: siento que todos hablan al mismo tiempo aunque lo hagan en silencio, como en las pesadillas.
Este terror (más bien controlable) me conduce a una percepción sospechosa: el Twitter se apoya en la permanente insatisfacción humana. Si todo lo tengo que decir en no más de ciento cuarenta caracteres ¿no me estaré transformando en una máquina simplificadora y reduccionista? ¿No será que la tan venerada capacidad de síntesis puede de un golpe convertirse en la más deplorable escasez de razón?
Por otra parte ¿dónde está la persona que me escribe y a quien yo me dirijo? ¿Su nombre es el nombre verdadero o se trata de una máscara virtual? ¿Esa foto que muestra su cara es genuina o se trata de un truco? ¿Cuánto ocultamiento hay en esta apertura al alcance de todos? ¿Cuánta privacidad en esta publicidad? 
Además, la exigua extensión impuesta al texto apela a la oportunidad y al ingenio y lleva a la agudeza y al chiste, si hay suerte. Si no, se agota en lo incomprensible por incompleto, qué dolor. 
En suma, la brevedad, que es un don, pone también de relieve la omisión de un desarrollo inteligente de mayor amplitud y destaca la pasión humana por un parloteo universal de superficie que acaba siempre en espuma. No obstante ¿cómo no admirar la magnífica capacidad comunicativa del Twitter en funcionamiento? En menos de un segundo y con menos de ciento cuarenta caracteres doy la vuelta al mundo e informo lo que quiero. Los políticos lo usan (pero no pueden ser originales porque tienen, necesariamente, que mostrarse correctos y bien intencionados) y lo usan los artistas y los que no lo son, y todos -curiosamente- escriben. Yo empecé a utilizarlo pero con precaución, soy un hombre que viene de otra época y todavía cree en la íntima y reservada belleza de la tinta y el papel, tal vez por eso me puesto a ventilar estas reflexiones. 

domingo, 20 de enero de 2013

Tiempo Feroz


Tiempo Feroz


Alguien dijo: "Los sesenta dieron forma a nuestras almas". Es una frase redonda cuya peculiar seducción reside en su carácter afirmativo. Posee, además, algún otro encanto como es la expresión creativa "dieron forma" y la palabra "almas", un vocablo lírico, espiritual, antiguamente religioso y hoy poco menos que en desuso. Y sobre todo para mí, para la gente de mi generación, ese sujeto magnético que remite a los años de una década llamada también inolvidable, revolucionaria, contestataria, irreverente, desconcertante.
Pero... ¿Será verdad tanta convicción, tanta certeza indudable?
Los vicios de la publicidad y del periodismo, la aborrecible necesidad de reducir contenidos a los términos de un título, de un copete o de una consigna para que "todos" comprendan mejor lo que decimos sin que nadie se moleste en examinar el mensaje, nos impuso la deplorable costumbre de decir mentiras como si fueran verdades.
¿Fueron así de grandiosos los sesenta? y en todo caso ¿Dónde?
Sin duda, algo pasó. Philip Larkin, un poeta inglés que en 1960 tenía ya cuarenta años, escribe estos versos titulados Annus Mirabilis donde habla del año 63 en Inglaterra y alrededores:

Las relaciones sexuales abiertas 
empezaron en el sesenta y tres
(un poco tarde para mí)
Entre el permiso de publicar, por fin,
 El amante de Lady Chatterlay
Y el primer LP de los Beatles
 (La traducción es precipitadamente mía)

Es decir, caían allí algunas absurdas barreras represivas y surgían las voces (líricas, informales, insolentes) de un nuevo tiempo, los Beatles y apenas uno o dos años más tarde los Rolling Stones. La era del rock tomaba forma como no había podido hacerlo en los Estados Unidos en los años cincuenta. La píldora anticonceptiva hacía que las chicas controlaran a gusto la propia fecundidad arrancándole  a Larkin nostálgicos suspiros. 
Una sociología de la abundancia explicaba la revuelta juvenil a partir del hastío del bienestar. La misma sociología sugería que el capitalismo merecía recibir un sacudón definitivo a fin de terminar con sus abusos. Nosotros, en la grisura moral y estética de Buenos Aires, oíamos hablar de un lugar milagroso llamado el Swinging London, la ciudad de la libertad y el desafuero. La droga entraba en la moda, los chicos de la Sorbona levantaban los adoquines de París y el viejo De Gaulle se iba retirando al pasado. La guerra de Vietnam era cuestionada con furia y en Estados Unidos se asesinaban a presidentes y políticos de una misma familia. El rock sonaba con más fuerza que nunca.
Pero aquí, entre nosotros, en la Argentina agroexportadora ¿qué?  Ridículos y opresivos capataces militares, apoyados por ridículos civiles engominados reinaban en estas crueles provincias. Aquí se anulaban gobiernos tímidamente democráticos y se instalaban dictaduras entre salvajes y anacrónicas. Onganía entraba a la rural en carroza (¡!) como si fuera un monarca español en el exilio. Margaride, un jefe de policía metropolitano, perseguía a los jóvenes de pelo largo y los hacía rapar, echándolos a la calle a veces desnudos, invadía los hoteles alojamiento y secuestraba a las parejas supuestamente adúlteras para denunciarlas públicamente. La tónica central parecía ser la humillación "correctiva".
 La policía y el ejército, de paso, tomaban la Universidad de Buenos Aires y echaban a bastonazos a sus profesores y alumnos avanzados. He ahí la primera fuga importante de cerebros y la primera gran herida abierta en el corazón de la educación pública.
No, estos no eran por aquí años milagrosos. 
La resistencia peronista había evolucionado hasta mezclar su lucha con los motivos ideológicos de la izquierda revolucionaria internacional y fue así que nació la guerrilla. La democracia era una palabra prohibida y una práctica imposible. El rock era malsano... Y con todo, algo pasaba en los intersticios del poder, el mundo cambiaba a pesar de tanta imbecilidad concentrada porque de un modo quizá furioso se llegó a sentir que valía la pena ser joven y cuestionar aquel abuso no sólo mediante la revuelta armada (para mí estratégicamente errónea) sino a través del arte , de la representación, de las proclamas, hasta -en cierto sentido- de una nueva literatura exitosa. 
En ese tiempo, viajé por primera vez a Estados Unidos como periodista y asistí en Los Angeles  al primer recital de rock de mi vida, lo protagonizaban los Rolling Stones ante una multitud juvenil incalculable que desbordaba el más grande estadio de la ciudad. Recuerdo que cantaron (I can't  get no) 
Satisfaction  y el mundo empezó aullar. Después interpretaron Beggars Banquet y Let it bleed y aquello fue el desbande de todas las emociones.
Volví a Buenos Aires en medio de asesinatos políticos y una tristeza infinita. Era, precisamente, el Beggars Banquet, o sea el Banquete de los indigentes.
Todo esto para repensar una frase que acaso sin ser del todo falsa tampoco suena del todo verdadera:"Los sesenta dieron forma a nuestras almas". Desde luego, estas líneas no agotan el tema ni el sentido de la consigna.

martes, 8 de enero de 2013

Borges Conjetural

Con el renovado asombro que no dejo de sentir cada vez que releo a Borges - y la pregunta es ¿cómo es posible volver a asombrarse?, pero así resulta ser- recaigo hoy en la lectura del Poema Conjetural tratando de fijar cada uno de sus versos para mejor gustarlos, para procurar no olvidarlos. Borges escribió estos versos algún día del año 1943 y los sumó años más tarde a la reunión de poemas titulada El otro, el mismo, una antología propia especialmente afortunada a la que el mismo autor declara preferida y me parece que con sobradas razones.
Antes que nada, el hallazgo del título: indicios, sospechas y observaciones construyen el juicio que llamamos conjetuta. En la función conjetural hay menos aserciones que impresiones acertadas, hay menos afirmaciones que inquietantes cercanías con verdades insinuadas pero acaso irrefutables. Ahí reside el primer logro, la primera propuesta del asombro. Lo que viene enseguida es un desencadenamiento de instancias poéticas no tan frecuentes en la lengua española. Desde ya recomiendo vivamente su lectura y no puedo avanzar sin antes reproducirlo en esta página.

                                                                                   El doctor Francisco Laprida, asesinado el día 22       de setiembre de 1829 por los montoneros de Aldo, piensa antes de morir.


Zumban las balas en la tarde última.
Hay viento y hay cenizas en el viento,
se dispersan el día y la batalla
deforme, y la victoria es de los otros.
Vencen los bárbaros, los gauchos vencen.
Yo, que estudié las leyes y los cánones,
yo, Francisco Narciso de  Laprida,
cuya voz declaró la independencia 
de estas crueles provincias, derrotado,
de sangre y de sudor manchado el rostro,
sin esperanza ni temor, perdido,
huyo hacia el Sur por arrabales últimos.
Como aquel capitán del Purgatorio
que, huyendo a pie y ensangrentando el llano,
fue cegado y tumbado por la muerte
donde un oscuro río pierde el nombre, 
así habré de caer. Hoy es el término.
La noche lateral de los pantanos
me acecha y me demora. Oigo los cascos
de mi caliente muerte que me busca 
con jinetes, con belfos y con lanzas.

Yo que anhelé ser otro, ser un hombre
de sentencias, de libros, de dictámenes, 
a cielo abierto yaceré entre ciénagas;
pero me endiosa el pecho inexplicable
un júbilo secreto. Al fin me encuentro
con mi destino sudamericano.
A esta ruinosa tarde me llevaba
el laberinto múltiple de pasos
que mis días tejieron desde un día
de la niñez. Al fin he descubierto
la recóndita clave de mis años,
la suerte de Francisco de Laprida,
la letra que faltaba, la perfecta
forma que supo Dios desde el principio
En el espejo de esta noche alcanzo
mi insospechado rostro eterno. El círculo
se va a cerrar. Yo aguardo que así sea

Pisan mis pies la sombra de las lanzas
que me buscan. Las befas de mi muerte,
los jinetes, las crines, los caballos,
se ciernen sobre mí... Ya el primer golpe,
ya el duro hierro que me raja el pecho,
el íntimo cuchillo en la garganta.

Ineludible una reflexión se impone. Si suponemos (por facilidad de entendimiento) que toda la literatura argentina se desarrolla a partir de tres articulaciones fundacionales, yo me atrevería a decir que esos tres nudos llevan tres nombres: Sarmiento, Hernández y Borges. A su vez, hay dos títulos germinales: "Civilización y Barbarie" y "Martín Fierro", pero con Borges resulta inapropiado elegir un título porque aquí se trata de su obra entera. No obstante (y vuelvo a abusar del vocablo "sorprendente") el Poema Conjetural sorprendentemente parece resumir y definir su identidad última. 
Sabemos que Borges fue un hombre polémico que, en términos políticos, prefirió emitir declaraciones esquemáticas más bien conservadoras, en ocasiones aristocratizantes e irónicas respecto de la democracia como sistema. Sabemos que esa misma actitud le escamoteó el premio Nobel cuando, en realidad, nadie lo merecía como él. Pero entonces, al leer el poema conjetural entendemos que una pieza de arte puede ser más explícita que la teoría, entendemos que un poema puede hablar de la verdad de un hombre mucho mejor y más crudamente que sus declaraciones periodísticas o políticas. Cuando Borges asegura que la raíz del lenguaje es irracional y de carácter mágico apunta a consagrar esa entidad.
En definitiva, es milagroso encontrar en un solo poema (que además es breve) el entramado más íntimo de la cultura argentina, la síntesis feroz tanto de Martín Fierro como de Civilización y Barbarie, al añadirse el último reconocimiento de Laprida - casi con seguridad la pieza clave del poema- cuando descubre que, a punto de morir en la ciénaga, le "endiosa el pecho inexplicable un júbilo secreto. Al fin encuentro mi destino sudamericano". Su destino no sólo estaba hecho de sentencias, leyes y libros, sino también de dagas, lanzas y arrabales extremos. La brutal contrariedad evoca a Sarmiento admirando el valor de su enemigo bárbaro, Facundo, o a Hernández cuando destaca el arrojo y la nobleza sin blasones de Cruz, el milico que se convierte en el aliado del gaucho perseguido.
Como en muchos otros casos de distintos poetas de diferentes épocas, con el Poema Conjetural Borges  trasciende (para él y entre nosotros) el plano de la confrontación política ofuscada (tan fatigosamente argentina!), escapa a la diatriba siempre ácida y resta legitimidad la libelo que hoy (por ejemplo) intenta  marcar  a la prensa argentina. En el Poema Conjetural Borges, superando sus humanas contradicciones, hace propio el júbilo de Laprida y el íntimo cuchillo de Aldao.


miércoles, 2 de enero de 2013

Hundido en la reiterada rareza de las fiestas (celebrar es repetir), donde manjares de invierno se nos imponen a temperaturas subtropicales, tomo notas aisladas -¿ qué es la ley, por qué la poesía puede  resultar más explícita que la teoría?- y leo, o releo procurando hallar el camino entreverado de la dicha.
Por ejemplo, leo: "El aire matinal repartió sus cartas con sellos incandescentes. La nieve iluminó y todos los pesares se alivianaron: un kilo pesaba apenas setecientos gramos", este es Tomas Tranströmer, el poeta sueco premiado con el Nobel a quien sigo con deleite.
Más adelante, encuentro el volumen del diario personal de Witold Gombrowicz correspondiente a los años que van de 1957 a 1960. El mago polaco, que pasa unos días en Santiago del Estero, convierte la provincia plana y seca en un paraíso de tentaciones eróticas. Todo indica, y los comentarios laterales que acompañan a las entradas lo confirman, que en Santiago Gombrowicz ha sucumbido a una poderosa ola de erotismo tardío. Afligido por la belleza de la juventud vernácula "inferior, aniñada, criollita" admite que el artista debe siempre actuar en los confines mismos de la vergüenza y el ridículo. Y entonces escribe lo siguiente: " Estoy mortalmente enamorado de la carne, la carne es para mí decisiva. El espíritu jamás podrá disimular la fealdad  de un cuerpo..." Duro, termina por tratar de mónstruo a Sócrates (dado que era muy feo), mientras él se pierde en una inverosímil Santiago del Estero donde, entre otras pocas cosas, conoce al joven Santucho, futuro líder del Erp (Ejército revolucionario del pueblo) y de quien dice, con prodigiosa anticipación, que sus manos actuaban más rápido que su cerebro "exactamente como un ocurre con un guerrero".
Despacio, como quien vaga en un terreno deseado pero no demasiado conocido, paso del polaco al argentino Borges y de Borges al norteamericano Mark Strand, quien dice por ahí: "El tiempo transcurre rápidamente; nuestras penas no se transforman en poemas, Y lo invisible permanece como es. El deseo ha volado"