No es improbable que Orson Welles haya construido toda la fantasía narrativa de su película "El ciudadano" a partir de la palabra rosebud sustantivo común inglés que significa capullo de rosa y también pimpollo y que después del film se transformó en un término excepcional y enigmático, clave para perseguir un enigma o plantear una o más intrigas.
Orson Welles escribió la historia de "El Ciudadano" (Citizen Kane) tomando como modelo al magnate de la prensa norteamericana William Randolph Hearst, hombre talentoso y autoritario, creador de una imponente cadena de medios que llevó su nombre. En la cúspide de su poder económico quiso vivir como un señor renacentista en un palacio a la manera de Marienbad pero sin dejar California, para lo cual lo hizo levantar allí mismo trayendo los materiales de Europa. El resultado es una casi perfecta réplica de los modelos arquitectónicos versallescos aunque no encaje del todo en el clima espiritual y psicológico de California. En ese sentido es una obra desopilante.
Por su lado, Orson Welles mezcló aspectos de la vida de Hearst con algunos contornos de la suya propia (después de todo también él era un megalómano considerable) y obtuvo, es innecesario decirlo, una de las mejores películas del siglo veinte.
Pero ¿dónde entra la delicada palabrita rosebud?
Hearst fue un hombre que concibió un amor extraordinario y duradero por la actriz Marion Davies, una indudable belleza del cine mudo y se dice que cuando Hearst y la Davies vieron la película de Welles se sintieron ultrajados, tanto que el magnate prohibió que en sus publicaciones se hablara de "El Ciudadano" o se mencionara a su director e intérprete principal.
Como recordarán todos aquellos que vieron el film, cuando el ciudadano Kane está por morir pronuncia una sola palabra y esa palabra es rosebud. Más tarde, un periodista que indaga en la vida de Kane descubre un trineo que perteneció a Kane en la infancia donde aparece inscripta la palabra rosebud. Y eso es todo. Pero entonces ¿por qué la indignación tan radical del magnate y de su amante?
Según la leyenda más difundida, Hearst llamaba rosebud al sexo de Marion Davies y a Mario Davies por entero pero, eso sí, en lo más reservado de su intimidad erótica. Desde esa perspectiva Welles aparecía como el usurpador indiscreto de una clave sexual sin ningún cuidado por la privacidad de Hearst y de su bonita amante. Sin embargo, en ningún momento de la película se da lugar a que la sospecha se aclare y denuncie lo que la palabra oculta. Nadie podía saberlo y fue sólo la indignación de Hearst que le quitó el cerrojo y la hizo rodar como un chisme de mal gusto. En realidad no tenía con qué demandar a Welles y tampoco podía revelar las razones de su furia sin revelar el sentido de la palabra. Hizo silencio y Welles sonreía en la oscuridad como una fiera maligna.
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