viernes, 25 de enero de 2013

Los Ciento Cuarenta

En mi calidad de reciente usuario de Twitter y teniendo en cuenta mis normales incapacidades para desempeñarme en el mundo digital, me rondan reflexiones inquietantes, contradictorias y fugaces. 
De manera inesperada (en mi caso) el Twitter me divierte y me intriga. Después me aburre y en una tercera etapa emocional me abruma: siento que el universo entero se controla, vigila, opina, aprueba o rechaza. Podría ponerlo de otro modo: siento que todos hablan al mismo tiempo aunque lo hagan en silencio, como en las pesadillas.
Este terror (más bien controlable) me conduce a una percepción sospechosa: el Twitter se apoya en la permanente insatisfacción humana. Si todo lo tengo que decir en no más de ciento cuarenta caracteres ¿no me estaré transformando en una máquina simplificadora y reduccionista? ¿No será que la tan venerada capacidad de síntesis puede de un golpe convertirse en la más deplorable escasez de razón?
Por otra parte ¿dónde está la persona que me escribe y a quien yo me dirijo? ¿Su nombre es el nombre verdadero o se trata de una máscara virtual? ¿Esa foto que muestra su cara es genuina o se trata de un truco? ¿Cuánto ocultamiento hay en esta apertura al alcance de todos? ¿Cuánta privacidad en esta publicidad? 
Además, la exigua extensión impuesta al texto apela a la oportunidad y al ingenio y lleva a la agudeza y al chiste, si hay suerte. Si no, se agota en lo incomprensible por incompleto, qué dolor. 
En suma, la brevedad, que es un don, pone también de relieve la omisión de un desarrollo inteligente de mayor amplitud y destaca la pasión humana por un parloteo universal de superficie que acaba siempre en espuma. No obstante ¿cómo no admirar la magnífica capacidad comunicativa del Twitter en funcionamiento? En menos de un segundo y con menos de ciento cuarenta caracteres doy la vuelta al mundo e informo lo que quiero. Los políticos lo usan (pero no pueden ser originales porque tienen, necesariamente, que mostrarse correctos y bien intencionados) y lo usan los artistas y los que no lo son, y todos -curiosamente- escriben. Yo empecé a utilizarlo pero con precaución, soy un hombre que viene de otra época y todavía cree en la íntima y reservada belleza de la tinta y el papel, tal vez por eso me puesto a ventilar estas reflexiones. 

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