martes, 19 de febrero de 2013

Hojas sueltas recuperadas - 3


Carta abierta espontánea


El creciente predominio de las finanzas sobre la política está transformando a la sociedad occidental y vecindarios en una ecuación de la que se borra el "término" humano y donde la buscada incógnita a resolver exhibe un perfil entre incierto y temible. Desde ya, en días optimistas me inclino por la resolución "incierta". Sólo que no todos los días se levanta uno optimista.
El desgaste del lenguaje habitual para designar el universo político acusa también esta transformación: decir liberal y decir democracia equivale hoy cada vez más a repetir una fórmula conformista vaciada de sentido que sólo evidencia la traición ejercida, precisamente, sobre la idea liberal y la práctica democrática, machacadas y deglutidas ambas entre las mandíbulas de un sistema cada vez más hambriento y en beneficio de un conservadorismo capitalista extremo cuya única noción de libertad es cierta libertad de mercado entre pares. El resto son palabras.

Escribo desde la descreencia en la absoluta fiabilidad de cualquier tendencia, agrupación o partido político para imponer condiciones que beneficien efectivamente a todos, y hablo a partir de un ejercicio crítico que no pocas veces se ve azotado por una tormenta de confusiones contradictorias. 
Al  mismo tiempo ¿cómo no aprobar y sostener la existencia de la vida política a pesar de todos sus fracasos? ¿Qué sociedad sería posible entregada exclusivamente a manos privadas? ¿Qué dictadura resultó alguna vez beneficiosa? ¿Cómo imaginar una nación sin estado?
Con todo, produce un cierto escalofrío pensar en el diseño que podrá adquirir el mundo en un futuro no muy lejano desde estas democracias parciales, en parte mentidas o manipuladas. Además, ya no parece haber adversarios políticos sino enemigos desbordados por una pasión tan peligrosa como pueril.
En efecto, ya no podemos sentarnos a discutir nuestras diferencias políticas alrededor de una mesa de manera civilizada; no, no hay manera. Manejamos emociones, no ideas. Manejamos datos aislados, no conocimiento. El prejuicio sigue prevaleciendo sobre el juicio. La información abunda pero en rigor (en su esencia) nos está mayormente vedada. Los medios de comunicación han desarrollado la innegable capacidad de construir su realidad propia en buena parte al margen o en contra de la realidad misma. Los gobiernos se encierran en la carcasa de sus discursos hasta el mero desgaste de sus auténticos propósitos. Los hipócritas (o los tontos) recurren a las argumentaciones morales para juzgar lo colectivo. Las oligarquías globales procuran aplastar a las democracias populares. Mientras que las democracias conservadoras se reivindican como únicas poseedoras de la verdad política.

En una conversación memorable entre Cornelius Castoriades, Octavio Paz y Jorge Semprún que tuvo lugar en Francia en 1988, éste último dice: "El problema de fondo sigue siendo éste: nos vemos confrontados con la necesidad de transformar nuestras sociedades sin ningún modelo de reemplazo. En lo más recóndito de la crisis está esto. La democracia es el horizonte insuperable de nuestro tiempo".

Nada parece más actual después de casi un cuarto de siglo. Sin embargo, a la hora de ser pronunciadas esas palabras la "revolución" virtual y el desarrollo de la comunicación digital no habían alcanzado todavía la dimensión totalizadora que hoy tiene. Castoriades, esa misma tarde del 4 de junio de 1988, había agregado seguidamente que el proyecto esencial de Occidente, que consiste en la autonomía de los individuos y de las colectividades "parece haber entrado en una fase de evanescencia". Es, precisamente, en ese punto donde sobresale la "deshumanización" neoliberal o neoconservadora, poderosamente dirigida a anular cualquier fuerza que se oponga a su marcha. La idea del "bien" como absurda categoría de justeza política y cultural indiscutible se opone a la idea del "mal", que designa al enemigo absoluto. Habitualmente islámico.
¿Estaremos destinados a una nueva polarización?
Me parece bastante pavoroso e injusto que si alguien critica los procedimientos del gobierno de Israel corra el riego de ser tildado de antisemitismo. Nadie que critique al gobierno de Francia sería tildado de antifrancés.
De modo análogo, si alguien aprueba algunas de las medidas del gobierno argentino o bien manifiesta su acuerdo con sus líneas generales, será rápidamente tildado de "kirchsnerista" o populista básicamente "antidemocrático" en abuso esquemático de las nominaciones ideológicas.


Y yo me pregunto si no estaremos encaminándonos a una confrontación dolorosa debido al hartazgo de bienes privilegiados y al abuso de argumentos falsos en los que ya nadie cree. Pero no lo sé, porque después de todo la política no es mi fuerte y siempre termino por creer que mi contrincante quizás tenga más razón que yo. Tampoco sé quiénes leerán esta página. Es decir, más bien tiendo a creer que casi nadie leerá esta página, por lo tanto sería inútil confiar en su valor de manifiesto y sí, en cambio, tenerla como una opinión inspirada por la naturaleza del día, por cierto abierta a su enriquecimiento.  

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