martes, 8 de enero de 2013

Borges Conjetural

Con el renovado asombro que no dejo de sentir cada vez que releo a Borges - y la pregunta es ¿cómo es posible volver a asombrarse?, pero así resulta ser- recaigo hoy en la lectura del Poema Conjetural tratando de fijar cada uno de sus versos para mejor gustarlos, para procurar no olvidarlos. Borges escribió estos versos algún día del año 1943 y los sumó años más tarde a la reunión de poemas titulada El otro, el mismo, una antología propia especialmente afortunada a la que el mismo autor declara preferida y me parece que con sobradas razones.
Antes que nada, el hallazgo del título: indicios, sospechas y observaciones construyen el juicio que llamamos conjetuta. En la función conjetural hay menos aserciones que impresiones acertadas, hay menos afirmaciones que inquietantes cercanías con verdades insinuadas pero acaso irrefutables. Ahí reside el primer logro, la primera propuesta del asombro. Lo que viene enseguida es un desencadenamiento de instancias poéticas no tan frecuentes en la lengua española. Desde ya recomiendo vivamente su lectura y no puedo avanzar sin antes reproducirlo en esta página.

                                                                                   El doctor Francisco Laprida, asesinado el día 22       de setiembre de 1829 por los montoneros de Aldo, piensa antes de morir.


Zumban las balas en la tarde última.
Hay viento y hay cenizas en el viento,
se dispersan el día y la batalla
deforme, y la victoria es de los otros.
Vencen los bárbaros, los gauchos vencen.
Yo, que estudié las leyes y los cánones,
yo, Francisco Narciso de  Laprida,
cuya voz declaró la independencia 
de estas crueles provincias, derrotado,
de sangre y de sudor manchado el rostro,
sin esperanza ni temor, perdido,
huyo hacia el Sur por arrabales últimos.
Como aquel capitán del Purgatorio
que, huyendo a pie y ensangrentando el llano,
fue cegado y tumbado por la muerte
donde un oscuro río pierde el nombre, 
así habré de caer. Hoy es el término.
La noche lateral de los pantanos
me acecha y me demora. Oigo los cascos
de mi caliente muerte que me busca 
con jinetes, con belfos y con lanzas.

Yo que anhelé ser otro, ser un hombre
de sentencias, de libros, de dictámenes, 
a cielo abierto yaceré entre ciénagas;
pero me endiosa el pecho inexplicable
un júbilo secreto. Al fin me encuentro
con mi destino sudamericano.
A esta ruinosa tarde me llevaba
el laberinto múltiple de pasos
que mis días tejieron desde un día
de la niñez. Al fin he descubierto
la recóndita clave de mis años,
la suerte de Francisco de Laprida,
la letra que faltaba, la perfecta
forma que supo Dios desde el principio
En el espejo de esta noche alcanzo
mi insospechado rostro eterno. El círculo
se va a cerrar. Yo aguardo que así sea

Pisan mis pies la sombra de las lanzas
que me buscan. Las befas de mi muerte,
los jinetes, las crines, los caballos,
se ciernen sobre mí... Ya el primer golpe,
ya el duro hierro que me raja el pecho,
el íntimo cuchillo en la garganta.

Ineludible una reflexión se impone. Si suponemos (por facilidad de entendimiento) que toda la literatura argentina se desarrolla a partir de tres articulaciones fundacionales, yo me atrevería a decir que esos tres nudos llevan tres nombres: Sarmiento, Hernández y Borges. A su vez, hay dos títulos germinales: "Civilización y Barbarie" y "Martín Fierro", pero con Borges resulta inapropiado elegir un título porque aquí se trata de su obra entera. No obstante (y vuelvo a abusar del vocablo "sorprendente") el Poema Conjetural sorprendentemente parece resumir y definir su identidad última. 
Sabemos que Borges fue un hombre polémico que, en términos políticos, prefirió emitir declaraciones esquemáticas más bien conservadoras, en ocasiones aristocratizantes e irónicas respecto de la democracia como sistema. Sabemos que esa misma actitud le escamoteó el premio Nobel cuando, en realidad, nadie lo merecía como él. Pero entonces, al leer el poema conjetural entendemos que una pieza de arte puede ser más explícita que la teoría, entendemos que un poema puede hablar de la verdad de un hombre mucho mejor y más crudamente que sus declaraciones periodísticas o políticas. Cuando Borges asegura que la raíz del lenguaje es irracional y de carácter mágico apunta a consagrar esa entidad.
En definitiva, es milagroso encontrar en un solo poema (que además es breve) el entramado más íntimo de la cultura argentina, la síntesis feroz tanto de Martín Fierro como de Civilización y Barbarie, al añadirse el último reconocimiento de Laprida - casi con seguridad la pieza clave del poema- cuando descubre que, a punto de morir en la ciénaga, le "endiosa el pecho inexplicable un júbilo secreto. Al fin encuentro mi destino sudamericano". Su destino no sólo estaba hecho de sentencias, leyes y libros, sino también de dagas, lanzas y arrabales extremos. La brutal contrariedad evoca a Sarmiento admirando el valor de su enemigo bárbaro, Facundo, o a Hernández cuando destaca el arrojo y la nobleza sin blasones de Cruz, el milico que se convierte en el aliado del gaucho perseguido.
Como en muchos otros casos de distintos poetas de diferentes épocas, con el Poema Conjetural Borges  trasciende (para él y entre nosotros) el plano de la confrontación política ofuscada (tan fatigosamente argentina!), escapa a la diatriba siempre ácida y resta legitimidad la libelo que hoy (por ejemplo) intenta  marcar  a la prensa argentina. En el Poema Conjetural Borges, superando sus humanas contradicciones, hace propio el júbilo de Laprida y el íntimo cuchillo de Aldao.


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