domingo, 20 de enero de 2013

Tiempo Feroz


Tiempo Feroz


Alguien dijo: "Los sesenta dieron forma a nuestras almas". Es una frase redonda cuya peculiar seducción reside en su carácter afirmativo. Posee, además, algún otro encanto como es la expresión creativa "dieron forma" y la palabra "almas", un vocablo lírico, espiritual, antiguamente religioso y hoy poco menos que en desuso. Y sobre todo para mí, para la gente de mi generación, ese sujeto magnético que remite a los años de una década llamada también inolvidable, revolucionaria, contestataria, irreverente, desconcertante.
Pero... ¿Será verdad tanta convicción, tanta certeza indudable?
Los vicios de la publicidad y del periodismo, la aborrecible necesidad de reducir contenidos a los términos de un título, de un copete o de una consigna para que "todos" comprendan mejor lo que decimos sin que nadie se moleste en examinar el mensaje, nos impuso la deplorable costumbre de decir mentiras como si fueran verdades.
¿Fueron así de grandiosos los sesenta? y en todo caso ¿Dónde?
Sin duda, algo pasó. Philip Larkin, un poeta inglés que en 1960 tenía ya cuarenta años, escribe estos versos titulados Annus Mirabilis donde habla del año 63 en Inglaterra y alrededores:

Las relaciones sexuales abiertas 
empezaron en el sesenta y tres
(un poco tarde para mí)
Entre el permiso de publicar, por fin,
 El amante de Lady Chatterlay
Y el primer LP de los Beatles
 (La traducción es precipitadamente mía)

Es decir, caían allí algunas absurdas barreras represivas y surgían las voces (líricas, informales, insolentes) de un nuevo tiempo, los Beatles y apenas uno o dos años más tarde los Rolling Stones. La era del rock tomaba forma como no había podido hacerlo en los Estados Unidos en los años cincuenta. La píldora anticonceptiva hacía que las chicas controlaran a gusto la propia fecundidad arrancándole  a Larkin nostálgicos suspiros. 
Una sociología de la abundancia explicaba la revuelta juvenil a partir del hastío del bienestar. La misma sociología sugería que el capitalismo merecía recibir un sacudón definitivo a fin de terminar con sus abusos. Nosotros, en la grisura moral y estética de Buenos Aires, oíamos hablar de un lugar milagroso llamado el Swinging London, la ciudad de la libertad y el desafuero. La droga entraba en la moda, los chicos de la Sorbona levantaban los adoquines de París y el viejo De Gaulle se iba retirando al pasado. La guerra de Vietnam era cuestionada con furia y en Estados Unidos se asesinaban a presidentes y políticos de una misma familia. El rock sonaba con más fuerza que nunca.
Pero aquí, entre nosotros, en la Argentina agroexportadora ¿qué?  Ridículos y opresivos capataces militares, apoyados por ridículos civiles engominados reinaban en estas crueles provincias. Aquí se anulaban gobiernos tímidamente democráticos y se instalaban dictaduras entre salvajes y anacrónicas. Onganía entraba a la rural en carroza (¡!) como si fuera un monarca español en el exilio. Margaride, un jefe de policía metropolitano, perseguía a los jóvenes de pelo largo y los hacía rapar, echándolos a la calle a veces desnudos, invadía los hoteles alojamiento y secuestraba a las parejas supuestamente adúlteras para denunciarlas públicamente. La tónica central parecía ser la humillación "correctiva".
 La policía y el ejército, de paso, tomaban la Universidad de Buenos Aires y echaban a bastonazos a sus profesores y alumnos avanzados. He ahí la primera fuga importante de cerebros y la primera gran herida abierta en el corazón de la educación pública.
No, estos no eran por aquí años milagrosos. 
La resistencia peronista había evolucionado hasta mezclar su lucha con los motivos ideológicos de la izquierda revolucionaria internacional y fue así que nació la guerrilla. La democracia era una palabra prohibida y una práctica imposible. El rock era malsano... Y con todo, algo pasaba en los intersticios del poder, el mundo cambiaba a pesar de tanta imbecilidad concentrada porque de un modo quizá furioso se llegó a sentir que valía la pena ser joven y cuestionar aquel abuso no sólo mediante la revuelta armada (para mí estratégicamente errónea) sino a través del arte , de la representación, de las proclamas, hasta -en cierto sentido- de una nueva literatura exitosa. 
En ese tiempo, viajé por primera vez a Estados Unidos como periodista y asistí en Los Angeles  al primer recital de rock de mi vida, lo protagonizaban los Rolling Stones ante una multitud juvenil incalculable que desbordaba el más grande estadio de la ciudad. Recuerdo que cantaron (I can't  get no) 
Satisfaction  y el mundo empezó aullar. Después interpretaron Beggars Banquet y Let it bleed y aquello fue el desbande de todas las emociones.
Volví a Buenos Aires en medio de asesinatos políticos y una tristeza infinita. Era, precisamente, el Beggars Banquet, o sea el Banquete de los indigentes.
Todo esto para repensar una frase que acaso sin ser del todo falsa tampoco suena del todo verdadera:"Los sesenta dieron forma a nuestras almas". Desde luego, estas líneas no agotan el tema ni el sentido de la consigna.

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