sábado, 26 de enero de 2013

Hojas sueltas recuperadas - 1



Enero 2004- Es muy probable que el mundo sobreviva a su propia degradación. La mera vileza humana no garantiza su extinción y los viles son fuertes y osados y quieren vivir por encima de las ruinas que ellos mismos ocasionan. Es paradójico.


Pero cae la lluvia y brilla el sol y el mar adopta una estremecida coloración metálica de un verde claro. En la radio están pasando "Michelle", de los Beatles. Como si el siglo XX no se hubiera agotado.






Atardece, el sol se pone a los ocho. El mundo se ha vuelto repentinamente dorado y carmesí. Dicen que el espacio que circunda la Tierra está plagado de chatarra industrial cósmica. Con todo, hay mujeres muy bellas y ojos de mirar sereno.






Poema de Osip Mandelstam dedicado a Ana Ajmátova:






Tu acento asombroso es 


el cálido silbido de un ave rapaz.


O acaso diré: la imagen viva


de un relámpago de seda






El poema es más extenso pero son estos versos los que no se me despegan. Ajmátova fue una mujer hermosa, tanto que Modigliani la persiguió en París en 1911 y deseó raptarla para que jamás volviera a Rusia. Sin embargo, nadie pudo con ella, ni siquiera Stalin. Durante un año o poco más, Mandelstam y ella fueron íntimos. Ajmátova no sólo era bella sino una poeta tan grande como él.

viernes, 25 de enero de 2013

Los Ciento Cuarenta

En mi calidad de reciente usuario de Twitter y teniendo en cuenta mis normales incapacidades para desempeñarme en el mundo digital, me rondan reflexiones inquietantes, contradictorias y fugaces. 
De manera inesperada (en mi caso) el Twitter me divierte y me intriga. Después me aburre y en una tercera etapa emocional me abruma: siento que el universo entero se controla, vigila, opina, aprueba o rechaza. Podría ponerlo de otro modo: siento que todos hablan al mismo tiempo aunque lo hagan en silencio, como en las pesadillas.
Este terror (más bien controlable) me conduce a una percepción sospechosa: el Twitter se apoya en la permanente insatisfacción humana. Si todo lo tengo que decir en no más de ciento cuarenta caracteres ¿no me estaré transformando en una máquina simplificadora y reduccionista? ¿No será que la tan venerada capacidad de síntesis puede de un golpe convertirse en la más deplorable escasez de razón?
Por otra parte ¿dónde está la persona que me escribe y a quien yo me dirijo? ¿Su nombre es el nombre verdadero o se trata de una máscara virtual? ¿Esa foto que muestra su cara es genuina o se trata de un truco? ¿Cuánto ocultamiento hay en esta apertura al alcance de todos? ¿Cuánta privacidad en esta publicidad? 
Además, la exigua extensión impuesta al texto apela a la oportunidad y al ingenio y lleva a la agudeza y al chiste, si hay suerte. Si no, se agota en lo incomprensible por incompleto, qué dolor. 
En suma, la brevedad, que es un don, pone también de relieve la omisión de un desarrollo inteligente de mayor amplitud y destaca la pasión humana por un parloteo universal de superficie que acaba siempre en espuma. No obstante ¿cómo no admirar la magnífica capacidad comunicativa del Twitter en funcionamiento? En menos de un segundo y con menos de ciento cuarenta caracteres doy la vuelta al mundo e informo lo que quiero. Los políticos lo usan (pero no pueden ser originales porque tienen, necesariamente, que mostrarse correctos y bien intencionados) y lo usan los artistas y los que no lo son, y todos -curiosamente- escriben. Yo empecé a utilizarlo pero con precaución, soy un hombre que viene de otra época y todavía cree en la íntima y reservada belleza de la tinta y el papel, tal vez por eso me puesto a ventilar estas reflexiones. 

domingo, 20 de enero de 2013

Tiempo Feroz


Tiempo Feroz


Alguien dijo: "Los sesenta dieron forma a nuestras almas". Es una frase redonda cuya peculiar seducción reside en su carácter afirmativo. Posee, además, algún otro encanto como es la expresión creativa "dieron forma" y la palabra "almas", un vocablo lírico, espiritual, antiguamente religioso y hoy poco menos que en desuso. Y sobre todo para mí, para la gente de mi generación, ese sujeto magnético que remite a los años de una década llamada también inolvidable, revolucionaria, contestataria, irreverente, desconcertante.
Pero... ¿Será verdad tanta convicción, tanta certeza indudable?
Los vicios de la publicidad y del periodismo, la aborrecible necesidad de reducir contenidos a los términos de un título, de un copete o de una consigna para que "todos" comprendan mejor lo que decimos sin que nadie se moleste en examinar el mensaje, nos impuso la deplorable costumbre de decir mentiras como si fueran verdades.
¿Fueron así de grandiosos los sesenta? y en todo caso ¿Dónde?
Sin duda, algo pasó. Philip Larkin, un poeta inglés que en 1960 tenía ya cuarenta años, escribe estos versos titulados Annus Mirabilis donde habla del año 63 en Inglaterra y alrededores:

Las relaciones sexuales abiertas 
empezaron en el sesenta y tres
(un poco tarde para mí)
Entre el permiso de publicar, por fin,
 El amante de Lady Chatterlay
Y el primer LP de los Beatles
 (La traducción es precipitadamente mía)

Es decir, caían allí algunas absurdas barreras represivas y surgían las voces (líricas, informales, insolentes) de un nuevo tiempo, los Beatles y apenas uno o dos años más tarde los Rolling Stones. La era del rock tomaba forma como no había podido hacerlo en los Estados Unidos en los años cincuenta. La píldora anticonceptiva hacía que las chicas controlaran a gusto la propia fecundidad arrancándole  a Larkin nostálgicos suspiros. 
Una sociología de la abundancia explicaba la revuelta juvenil a partir del hastío del bienestar. La misma sociología sugería que el capitalismo merecía recibir un sacudón definitivo a fin de terminar con sus abusos. Nosotros, en la grisura moral y estética de Buenos Aires, oíamos hablar de un lugar milagroso llamado el Swinging London, la ciudad de la libertad y el desafuero. La droga entraba en la moda, los chicos de la Sorbona levantaban los adoquines de París y el viejo De Gaulle se iba retirando al pasado. La guerra de Vietnam era cuestionada con furia y en Estados Unidos se asesinaban a presidentes y políticos de una misma familia. El rock sonaba con más fuerza que nunca.
Pero aquí, entre nosotros, en la Argentina agroexportadora ¿qué?  Ridículos y opresivos capataces militares, apoyados por ridículos civiles engominados reinaban en estas crueles provincias. Aquí se anulaban gobiernos tímidamente democráticos y se instalaban dictaduras entre salvajes y anacrónicas. Onganía entraba a la rural en carroza (¡!) como si fuera un monarca español en el exilio. Margaride, un jefe de policía metropolitano, perseguía a los jóvenes de pelo largo y los hacía rapar, echándolos a la calle a veces desnudos, invadía los hoteles alojamiento y secuestraba a las parejas supuestamente adúlteras para denunciarlas públicamente. La tónica central parecía ser la humillación "correctiva".
 La policía y el ejército, de paso, tomaban la Universidad de Buenos Aires y echaban a bastonazos a sus profesores y alumnos avanzados. He ahí la primera fuga importante de cerebros y la primera gran herida abierta en el corazón de la educación pública.
No, estos no eran por aquí años milagrosos. 
La resistencia peronista había evolucionado hasta mezclar su lucha con los motivos ideológicos de la izquierda revolucionaria internacional y fue así que nació la guerrilla. La democracia era una palabra prohibida y una práctica imposible. El rock era malsano... Y con todo, algo pasaba en los intersticios del poder, el mundo cambiaba a pesar de tanta imbecilidad concentrada porque de un modo quizá furioso se llegó a sentir que valía la pena ser joven y cuestionar aquel abuso no sólo mediante la revuelta armada (para mí estratégicamente errónea) sino a través del arte , de la representación, de las proclamas, hasta -en cierto sentido- de una nueva literatura exitosa. 
En ese tiempo, viajé por primera vez a Estados Unidos como periodista y asistí en Los Angeles  al primer recital de rock de mi vida, lo protagonizaban los Rolling Stones ante una multitud juvenil incalculable que desbordaba el más grande estadio de la ciudad. Recuerdo que cantaron (I can't  get no) 
Satisfaction  y el mundo empezó aullar. Después interpretaron Beggars Banquet y Let it bleed y aquello fue el desbande de todas las emociones.
Volví a Buenos Aires en medio de asesinatos políticos y una tristeza infinita. Era, precisamente, el Beggars Banquet, o sea el Banquete de los indigentes.
Todo esto para repensar una frase que acaso sin ser del todo falsa tampoco suena del todo verdadera:"Los sesenta dieron forma a nuestras almas". Desde luego, estas líneas no agotan el tema ni el sentido de la consigna.

martes, 8 de enero de 2013

Borges Conjetural

Con el renovado asombro que no dejo de sentir cada vez que releo a Borges - y la pregunta es ¿cómo es posible volver a asombrarse?, pero así resulta ser- recaigo hoy en la lectura del Poema Conjetural tratando de fijar cada uno de sus versos para mejor gustarlos, para procurar no olvidarlos. Borges escribió estos versos algún día del año 1943 y los sumó años más tarde a la reunión de poemas titulada El otro, el mismo, una antología propia especialmente afortunada a la que el mismo autor declara preferida y me parece que con sobradas razones.
Antes que nada, el hallazgo del título: indicios, sospechas y observaciones construyen el juicio que llamamos conjetuta. En la función conjetural hay menos aserciones que impresiones acertadas, hay menos afirmaciones que inquietantes cercanías con verdades insinuadas pero acaso irrefutables. Ahí reside el primer logro, la primera propuesta del asombro. Lo que viene enseguida es un desencadenamiento de instancias poéticas no tan frecuentes en la lengua española. Desde ya recomiendo vivamente su lectura y no puedo avanzar sin antes reproducirlo en esta página.

                                                                                   El doctor Francisco Laprida, asesinado el día 22       de setiembre de 1829 por los montoneros de Aldo, piensa antes de morir.


Zumban las balas en la tarde última.
Hay viento y hay cenizas en el viento,
se dispersan el día y la batalla
deforme, y la victoria es de los otros.
Vencen los bárbaros, los gauchos vencen.
Yo, que estudié las leyes y los cánones,
yo, Francisco Narciso de  Laprida,
cuya voz declaró la independencia 
de estas crueles provincias, derrotado,
de sangre y de sudor manchado el rostro,
sin esperanza ni temor, perdido,
huyo hacia el Sur por arrabales últimos.
Como aquel capitán del Purgatorio
que, huyendo a pie y ensangrentando el llano,
fue cegado y tumbado por la muerte
donde un oscuro río pierde el nombre, 
así habré de caer. Hoy es el término.
La noche lateral de los pantanos
me acecha y me demora. Oigo los cascos
de mi caliente muerte que me busca 
con jinetes, con belfos y con lanzas.

Yo que anhelé ser otro, ser un hombre
de sentencias, de libros, de dictámenes, 
a cielo abierto yaceré entre ciénagas;
pero me endiosa el pecho inexplicable
un júbilo secreto. Al fin me encuentro
con mi destino sudamericano.
A esta ruinosa tarde me llevaba
el laberinto múltiple de pasos
que mis días tejieron desde un día
de la niñez. Al fin he descubierto
la recóndita clave de mis años,
la suerte de Francisco de Laprida,
la letra que faltaba, la perfecta
forma que supo Dios desde el principio
En el espejo de esta noche alcanzo
mi insospechado rostro eterno. El círculo
se va a cerrar. Yo aguardo que así sea

Pisan mis pies la sombra de las lanzas
que me buscan. Las befas de mi muerte,
los jinetes, las crines, los caballos,
se ciernen sobre mí... Ya el primer golpe,
ya el duro hierro que me raja el pecho,
el íntimo cuchillo en la garganta.

Ineludible una reflexión se impone. Si suponemos (por facilidad de entendimiento) que toda la literatura argentina se desarrolla a partir de tres articulaciones fundacionales, yo me atrevería a decir que esos tres nudos llevan tres nombres: Sarmiento, Hernández y Borges. A su vez, hay dos títulos germinales: "Civilización y Barbarie" y "Martín Fierro", pero con Borges resulta inapropiado elegir un título porque aquí se trata de su obra entera. No obstante (y vuelvo a abusar del vocablo "sorprendente") el Poema Conjetural sorprendentemente parece resumir y definir su identidad última. 
Sabemos que Borges fue un hombre polémico que, en términos políticos, prefirió emitir declaraciones esquemáticas más bien conservadoras, en ocasiones aristocratizantes e irónicas respecto de la democracia como sistema. Sabemos que esa misma actitud le escamoteó el premio Nobel cuando, en realidad, nadie lo merecía como él. Pero entonces, al leer el poema conjetural entendemos que una pieza de arte puede ser más explícita que la teoría, entendemos que un poema puede hablar de la verdad de un hombre mucho mejor y más crudamente que sus declaraciones periodísticas o políticas. Cuando Borges asegura que la raíz del lenguaje es irracional y de carácter mágico apunta a consagrar esa entidad.
En definitiva, es milagroso encontrar en un solo poema (que además es breve) el entramado más íntimo de la cultura argentina, la síntesis feroz tanto de Martín Fierro como de Civilización y Barbarie, al añadirse el último reconocimiento de Laprida - casi con seguridad la pieza clave del poema- cuando descubre que, a punto de morir en la ciénaga, le "endiosa el pecho inexplicable un júbilo secreto. Al fin encuentro mi destino sudamericano". Su destino no sólo estaba hecho de sentencias, leyes y libros, sino también de dagas, lanzas y arrabales extremos. La brutal contrariedad evoca a Sarmiento admirando el valor de su enemigo bárbaro, Facundo, o a Hernández cuando destaca el arrojo y la nobleza sin blasones de Cruz, el milico que se convierte en el aliado del gaucho perseguido.
Como en muchos otros casos de distintos poetas de diferentes épocas, con el Poema Conjetural Borges  trasciende (para él y entre nosotros) el plano de la confrontación política ofuscada (tan fatigosamente argentina!), escapa a la diatriba siempre ácida y resta legitimidad la libelo que hoy (por ejemplo) intenta  marcar  a la prensa argentina. En el Poema Conjetural Borges, superando sus humanas contradicciones, hace propio el júbilo de Laprida y el íntimo cuchillo de Aldao.


miércoles, 2 de enero de 2013

Hundido en la reiterada rareza de las fiestas (celebrar es repetir), donde manjares de invierno se nos imponen a temperaturas subtropicales, tomo notas aisladas -¿ qué es la ley, por qué la poesía puede  resultar más explícita que la teoría?- y leo, o releo procurando hallar el camino entreverado de la dicha.
Por ejemplo, leo: "El aire matinal repartió sus cartas con sellos incandescentes. La nieve iluminó y todos los pesares se alivianaron: un kilo pesaba apenas setecientos gramos", este es Tomas Tranströmer, el poeta sueco premiado con el Nobel a quien sigo con deleite.
Más adelante, encuentro el volumen del diario personal de Witold Gombrowicz correspondiente a los años que van de 1957 a 1960. El mago polaco, que pasa unos días en Santiago del Estero, convierte la provincia plana y seca en un paraíso de tentaciones eróticas. Todo indica, y los comentarios laterales que acompañan a las entradas lo confirman, que en Santiago Gombrowicz ha sucumbido a una poderosa ola de erotismo tardío. Afligido por la belleza de la juventud vernácula "inferior, aniñada, criollita" admite que el artista debe siempre actuar en los confines mismos de la vergüenza y el ridículo. Y entonces escribe lo siguiente: " Estoy mortalmente enamorado de la carne, la carne es para mí decisiva. El espíritu jamás podrá disimular la fealdad  de un cuerpo..." Duro, termina por tratar de mónstruo a Sócrates (dado que era muy feo), mientras él se pierde en una inverosímil Santiago del Estero donde, entre otras pocas cosas, conoce al joven Santucho, futuro líder del Erp (Ejército revolucionario del pueblo) y de quien dice, con prodigiosa anticipación, que sus manos actuaban más rápido que su cerebro "exactamente como un ocurre con un guerrero".
Despacio, como quien vaga en un terreno deseado pero no demasiado conocido, paso del polaco al argentino Borges y de Borges al norteamericano Mark Strand, quien dice por ahí: "El tiempo transcurre rápidamente; nuestras penas no se transforman en poemas, Y lo invisible permanece como es. El deseo ha volado"