Pasaron unos días con sus noches y de pronto descubrimos que estamos pisando los umbrales del verano austral y que el mundo se deshace y se rehace a cada instante. Es evidente que el repentino calor afecta la atención de mi interlocutor privilegiado porque no se ha vuelto a mostrar por aquí. Yo mismo estuve a punto de no mostrarme debido a que el calor -el verano, en general- tiende a disipar mi voluntad constructiva (admitamos que mi voluntad pueda ser constructiva).
Es una cuestión orgánica, de "naturaleza". Pero digamos que la desaparición - espero que momentánea- de mi interlocutor terminó por ofrecerme cierta libertad inesperada. El hecho es que me puse a leer un libro del autor holandés Cees Nooteboom donde cuenta que una noche haciendo zapping en la televisión descubrió que estaban pasado la película de Ignmar Bergman "Fresas Salvajes" con Victor Sjöström, Ingrid Thulin y Bibi Andersson y volvió a sentir, como en los muy lejanos años 1956 o 1957 cuando asistió al estreno del film en Amsterdan, la emoción de enfrentar un clásico que contribuía a su propia felicidad personal.
He ahí el efecto que sobre varias generaciones - la de Cees Nooteboom, la mía y la que sigue a la mía- tuvo el mejor cine que se produjo a lo largo del siglo XX y que por más buena voluntad que pongamos ya casi no encontramos hoy día por ninguna parte. Automáticamente, el artículo de Nooteboom reconstruyendo sus emociones estéticas al volver a ver "Fresas salvajes" me llevó a reconsiderar mi propia experiencia con el cine del siglo XX en términos de formación, influencia y regocijo ante unas auténticas piezas de arte plagadas de encanto y sentido.
El cine de Bergman, el de Fellini, el de Antonioni, el cine de Andreï Tarkovski, de Akira Kurosawa y también de Jean-luc Godard (recuerdo un delirio como Pierrot le fou) fueron para mí tan fundamentales como ciertos libros, como ciertos textos que dieron consistencia a mi mundo de una manera irrefutable.
El cine de Bergman, el de Fellini, el de Antonioni, el cine de Andreï Tarkovski, de Akira Kurosawa y también de Jean-luc Godard (recuerdo un delirio como Pierrot le fou) fueron para mí tan fundamentales como ciertos libros, como ciertos textos que dieron consistencia a mi mundo de una manera irrefutable.
En rigor de verdad, íbamos al cine (a los cines de la calle Corrientes, sobre todo) con la misma expectativa que teníamos al abrir un libro de Kafka, de Borges o de Tolstoy. Ver "La dolce vita" , "Ocho y medio" o "Persona" significaba una aventura de la imaginación en torno al conocimiento y un deslumbramiento estético encaminado a elaborar múltiples interpretaciones de un mismo fenómeno.
Ya no sé cuántas veces vi "La dolce vita" y "Ocho y medio", probablemente veinte veces cada una. Creo que vi seis o siete veces "La hora del lobo" y "Persona" y otras tantas "Stalker" y "Solaris". Puedo decir que durante largos períodos de mi vida "viví" en las salas de cine, prácticamente. En los tiempos previos al video y al cine de proyección doméstica, se iba al cine, es decir se salía a la calle, se programaba un encuentro y, muy probablemente, las películas, la comida, el café y las charlas nos ocuparan toda la noche. Era una dilatada actividad que hoy, me parece, es casi imposible de llevar a cabo.
Entre otras cosas, supe que hace apenas unos días, Jean-Luc Godard cumplió ochenta y dos años, algo así como si un joven eterno no pudiera dejar de cumplir años. Fue asimismo en torno a esas fechas que recordé -tal vez influyó la lectura de Nooteboom- tres grandes documentales que forman parte de mis deleites narrativos mayores, ellos son "El desencanto" de Jaime Chevarri sobre la familia del poeta falangista Leopoldo Panero, filmada en 1976; la otra es "Crumb", un paseo autobiográfico del dibujante norteamericano con sus hermanos a lo largo de casi 9 años de filmación, y la tercera es "Dream of Life" el retrato íntimo de la poeta y cantante Patty Smith. Me falta (he perdido el título) la historia de tres hermanas de la aristocracia libanesa durante la guerra del Líbano (a finales de los 70), resistiendo como si nada ocurriera en una elegante casona parcialmente en ruinas de Beirut como si las bombas que caían en torno no pudieran alcanzarlas nunca. En fin, ver cine es volver a ver cine, del mismo modo que leer es releer con ojos nuevos un mismo libro que descubrimos otro. A veces, enumerando las razones por las cuales escribo he llegado a pensar que entre ellas figura en un lugar destacado la "envidia" narrativa que siempre me produce el cine.
"Beirut, The Last Home Movie" de Jennifer Fox. El recuerdo de esa, y de "El desencanto", indisolublemente ligados al maestro -mi maestro- Alberto Fischerman.
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