En "la soledad del lector", su libro de citas, apuntes irónicos y un brote permanente de incitaciones narrativas, David Markson transcribe: "Al final, Emily Dickinson se escondía de las visitas en su propia casa" y más adelante: "Antes de encender el horno para suicidarse, Sylvia Plath dejó leche y pan con manteca en el cuarto donde dormían sus hijos". Sin duda, la referencia a los ocultamientos maníacos de Emily Dickinson evoca a los personajes de Samuel Beckett y a Beckett mismo quien, cuando le otorgaron el premio Nobel, huyó a ocultarse en un hotel del Norte de Africa. La patética anécdota final de Sylvia PLath es conmovedora: a último momento no renunció a su "instinto" de madre y se fue de la vida tratando de que sus hijos tuviesen comida después de que ella los abandonara. En suma, dos extraordinarias poetas y, al mismo tiempo, dos mujeres enfermas. ¿Y Beckett? ¿Cuál era su grado de anomalía para repudiar hasta ese extremo la invasión de curiosos y admiradores? Y otra vez la eterna cuestión más bien trivial: ¿existe alguna relación "positiva" entre enfermedad y genio?
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