lunes, 24 de marzo de 2014

Hojas sueltas

Sábado 22 de marzo de 2014





a)Busco el rastro de una palabra que me lleve al curso de una frase cuya sola fuerza tenga el vigor de una idea y el andar de un argumento.

b)Desvelado a la madrugada,mi voz secreta me dice que me muevo entre la vaga ilusión y el desencanto.

c) Hace tiempo que no escribo una frase que me incite a un desarrollo que, conteniéndola, la amplie y modifique hastael hueso que la hizo posible. Camino enmascarado "Larvatus prodeo".

jueves, 24 de octubre de 2013

Por qué escribir.


Fue a partir de Samuel Backett que empecé a construir mis propias repuestas a propósito de mi necesidad de escribir. Primero sentí que quizás no habría niguna necesidad  de escribir sabiendo que en el fondo, de todos modos, se trataba (se trata) de una especie de fatalidad imitativa, de una suerte de ley de gravedad, de algo perfectamente físico, rítmico, mimético, gramatical, sintáctico, acústico...

¿Qué ocurre cuando repito el verso de Byron "She walks in beauty like the night"?  Es un suave golpe en algún lugar de los sentidos, como música, un sonido, un significado de combinación perfecta entre la belleza de la mujer andando y la belleza circular de la misma noche a la que Byron compara con la mujer.


¿Es así? Es posible. Por momentos me inclino a pensar que la escritura obedece a las leyes físicas de la gravedad: una palabra cae al lado de otra y entre ambas generan un campo magnético de atracción y repulsión donde las dimensiones constitutivas en tensión van a ser la estética y el sentido. 
Tal fenómeno ocurre si entre las palabras escogidas existe empatía; quiero decir que puede tratarse de palabras opuestas pero que se corresponden, o que suenen tan bien que resulte imposible no dejarlas juntas. "Una pareja compenetrada", llamémosle. 


Reproduzco ahora y aquí una idea de Giorgio Agamben porque le encuentro el efecto de un disparador hacia la apertura de este hecho poco menos que enigmático que es el acto de escribir. Dice lo siguiente :
" Se ha dicho alguna vez que en cada libro hay algo así como un  centro que permanece escondido; y que es para acercarse, para encontrar y -a veces- para evitar este centro que se escribe ese libro".
En consecuencia, escribir es una indagación arqueológica que se lleva a cabo sobre la superficie de la hoja o (ahora) de la pantalla. Escribir es una excentricidad de incalculable belleza. Yo, acaso sin proponérmelo, procuro la exactitud y me topo -si estoy con suerte- nada menos que con la belleza. El tema de la belleza es controversial porque se la ha denostado con estúpida insistencia desde los tiempos del "realismo" y lo curioso es que el realismo no subsite sino como escoria mientras que la belleza allí está. Por lo demás, si bien puede no ser filosóficamente cierto, belleza y verdad quieren ir juntas, por lo menos desde las propuestas estéticas antiguas alentadas por Aristóteles, sean o no valederas.

Pero ¿qué importa? Quien escribe, aunque lo haga desde el más hondo invento, "percibe" la belleza si es "honesto" en su construcción ficcional. Así me parece a mí que son las cosas. Desde luego, cuando hablo de la belleza no pienso en la belleza "deslumbrante", anunciada con clarinetes y tambores, eso no es belleza sino acaso todo lo contrario.

Cuando habla de belleza hablo de algo casi esquivo, de una aparición que apenas aparece, de una evidencia que huye y que, sin embargo, cambia nuestra vida.

Veo ahora que la reflexión sobre la escritura está destinada a ser ella misma escritura. Escribir sobre escribir es escribir escribiendo, hasta el vértigo tautológico de Gertude Stein al rezar "a rose is a rose is rose is a ...rose" o para citar el comienzo bíblico de su "Ser Norteamericanos 2" que empieza así: 
"He estado exponiendo la historia de muchísimos hombres y muchísimas mujeres. En un determinado momento expondré la historia de toda clase de hombre y mujeres que existen". Sabemos que no es cierto, pero es glorioso, y está dicho con palabras corrientes. He ahí un desmesurado propósito ficcional expuesto sin fastuosidad alguna. Y eso lo vuelve "creíble" y "legible". 




No veo manera de seguir reflexionando sobre esta actividad a la que no hago otra cosa que dedicarle la vida entera sin antes repetirme un muy definido absurdo: siempre me supuse obligado a escribir y en cierto punto, y apesar de esa obligación, de inmediato me siento incapaz de hacerlo, desprovisto de todas mis hablidades, despojado de toda certeza con respecto a la presencia de un sentido, de algún sentido. 
No obstante lo cual me pongo a escribir indeclinablemente. La paradoja es extrema: Nada me obliga a hacerlo, es difícil hacerlo, no hay cómo hacerlo y sin embargo hay que hacerlo. Beckett lo dijo de una vez para siempre y yo lo hice mío como quien a ataja una pelota que le tiran al voleo desde el aire.


Es verdad, escribimos incitados por el hallazgo de un centro auspicioso o temible que está oculto en algún punto de las páginas en blanco que vamos cubriendo con signos.
Supongo que toda obra -prosa, poema, escritura, en fin- se dispara detrás de un hallazgo presunto. Toda obra importa un misterio, un enigma que avanza mediante la noción -también física!- de suspenso, paso a paso o salto a salto.  A veces llegamos al centro y no hay nada, pero entonces ese es el centro: nada. Otras veces hay una sospecha, una pregunta, una promesa, y ese es el centro: un algo que nos inquiere.

Cuando escribí El Apartado (y lo menciono porque es el primero y no necesariamente el preferido) sólo se trataba de la pasión rítmica de la escritura, línea a línea, y del gusto "performativo", sensual, casi táctil de la construcción a la que daba forma con -precisamete- el uso de la "forma". Sabía, de manera no muy clara, que estaba avanzando sobre el vacío pero lleno de deleite, sabía que las palabras eran protagónicas, que las palabras eran  también "personas", que el silencio podía ser "dicho" y yo "decía" el silencio y eso, hay que admitirlo, me embriagaba.
En cuanto al centro...¿Dónde estaba el centro? La sensación predominante era que el centro se desplazaba, se corría, se mostraba un poco sólo para mejor ocultarse y reaparecer más tarde. Aprendí (aunque es sólo un modo de decir) que el centro secreto de El Apartado estaba en el margen. Pero tal vez no sea así y seguramente no importa. Porque, en definitiva, sigo escribiendo en procura de ese centro que con bastante frecuencia intuyo como un margen que cambia de sitio.

Por último ¿Existe la felicidad de la escritura? Sin duda que existe, y en distintos grados. Creo (y digo creo porque sospecho que hubo otros momentos análogos) que nunca escribí en un estado de felicidad tal como cuando escribí "En otra parte". Tenía música de fondo y era como estar dentro de una película actuándola y escribiéndola al mismo tiempo. Una fascinación de ritmos, velocidades, sinapsis, saltos al vacío, vuelos de trapecio, acordes melódicos. Por momentos, la sensualidad resultaba sencillamente insoportable: era como rozar con la yema de los dedos la piel brillante y pálida de una mujer desnuda. La música era Abbey Road y Los últimos cuartetos de Beethoven, ni siquiera sabía qué cosa estaba escribiendo, pero se parecía a una novela negra tomado en broma. Y era, lo sé ahora, una diversión trágica cuyo centro estaba en todas partes.

Tal vez escribir sea tan inútil, tan inexplicable e imprescindible como los sueños.

Rodolfo Rabanal.





jueves, 19 de septiembre de 2013

El Hombre Quieto Desaforado

Cuando me pregunto qué estoy haciendo aquí no ignoro que formulo una pregunta insensata, porque sé muy bien lo que estoy haciendo. Sé muy bien que no estoy haciendo mucho, sobre todo porque me parece que es un poco inútil empeñarse a fondo en cualquier cosa, y además porque me va mejor la idea, por lo menos, de no hacer nada. Si bien es cierto que no es demasiado fácil no hacer nada.  Por otra parte, a nadie le importa, en el fondo, lo que uno hace o deja de hacer, a nadie. La indiferencia general es tan espontánea como la risa (si vamos al caso), aunque más   usual y afamada.          
Nadie me pide que haga lo que hago. Esto último, si bien se mira, es extraordinario. Nadie me pidió, rogó u ordenó que me viniera a vivir donde vivo. Nadie me pidió, rogó u ordenó que me pusiera a escribir todo lo que he escrito y todo lo que escribo, o leo, o pienso, o deseo, o deploro. Nadie. Y si esto se mira desde la óptica del vaso medio lleno deberíamos hablar del priviligio que otorga esta libertad sin bordes.

Desde ya, no hay libertad sin bordes, pero hagamos como si la hubiera. Sabemos que toda nuestra cultura se articula en el famoso eje del como si canonizado por Kant, a partir de la concepción altamente (o totalmente) ficcional de la realidad. La realidad es ficción. Lo cual suena hermoso, sea como sea. Pero yo hablaba de la libertad. De una   libertad tremenda, bastante amiga de los márgenes y de la desidia activa. Una libertad algo atroz.

Es muy raro, todo el mundo menciona la palabra libertad con la misma disponible ligereza que se emplea para hablar de zapatos, intereses bancarios  o del clima ambiente. Esta deplorable ligeraza es sólo atribuible  a la corrosiva frivolidad que caracteriza a esta civilización barranca abajo, ni más ni menos. Porque nadie sabe que cosa es en realidad la libertad. Se puede saber que cosa es la falta de libertad, sí. Eso sí. La definición por la negativa puede echar luz señalando lo que falta. Eso sí. Pero el que afirma saber que cosa es o puede ser la libertad es probable que sea un imbécil.

Volvamos a la pregunta insensata que inició esta reflexión  tan laxa. Volvamos a la pregunta, cuya fuerza retórica me tienta como me tienta siempre repetir el ritmo que dinamiza a un verso en la construcción de un poema. Quiero decir que esa pregunta improcedente e insensata es, no obstante,  una especie de disparador metafísico. Eso.

Voy a situarme en la escena que motivó la autointerrogación insensata. Estoy aquí a la una de la madrugada y afuera ruge la tempestad sin ninguna clemencia visible. El vendaval, una lluvia picada como una carga de artillería contra las chapas del techo más el aullido del viento, me infunde cierto pavor, no hay por qué negarlo.  No soy un héroe. Nunca lo fui ni busqué serlo, admitámoslo. Tampoco soy un niño de pecho. Tengo mis años, hasta es posible que ya sea viejo. Qué horror. No quiero hablar de la edad, me niego hablar del tiempo; siempre hablo de edad, siempre hablo del tiempo. Pero no quiero.

En medio de esta situación mi temor principal es que una racha de  ciento setenta kilómetros por hora arranque el techo de cuajo y lo deposite a doscientos metros de distancia dejándome en medio de la nada como Lear bajo la tormenta. Mi temor es que además se derrumben las paredes y nos quedemos definitivamente en pelotas. Pero el viento amaina y la lluvia se adelgaza, entonces baja el frío y yo recupero el ánimo y me digo: miedo, lo que se dice miedo, no tuviste nunca, nunca creíste que de verdad soplara una racha de viento capaz de levantar el techo, nunca.


Desde ya me contradigo, niego el sentimiento que tuve hace un momento, no lo reconozco y no porque no quiera, no, no soy ese tipo de miserable, para nada. Sólo ocurre que al dejar de sentirlo el miedo perdió entidad.

Pero así soy, pro y contra, blanco y negro, yo y mi doble. Por eso, cuando me jacto de no hacer nada, miento: estoy ocupadísimo. 
Sospecho que no es tan sencillo ser yo. Me meto en problemas lógicos, estudio los principios elementales de la Física Cuántica, trato de entender a los sanguinarios banqueros, procuro recordar en italiano algunos de los cantos de la Comedia, intento escribir poemitas graciosos en inglés. Hago de todo un poco. Y no es que obtenga mucho, no, más bien me lleno de dudas, miro las plantas del jardín de atrás, prendo el fuego con leña de eucalipto y piñas secas, me sirvo un vaso de whisky y conjeturo sobre el camino y el destino de la poesía universal hermética.

Wittgenstein confiesa en su diario:"Ahora soy un poco más decente. Sólo quiero decir que ahora tengo más clara mi indecencia de antes". Me gusta, porque se me ocurre que a mí me sucede lo contrario. No puedo ser tan preciso al respecto, aunque adore la exactitud. La personas como yo adoran la exactitud. Adoro las matemáticas y las construcciones geométricas y detesto los desbordes del barroco aunque suela cometerlos con  alguna frecuencia, luego me arrepiento y rompo todo.

Dije hace un momento que adoro la exactitud, y quiero creer que debo ese sentimiento al hecho de que lo exacto no admite discusiones estúpidas sobre gustos, inclinaciones, apetencias  y cosas parecidas. Nadie me puede discutir que las primeras propiedades  superficiales del plano se refieren al concepto de ángulo. Nadie. Cualquiera puede refutar la política de este o de aquel gobierno u opinar sobre sus gustos (o falta de gusto) en arte o literatura. Es fatal. Todo el mundo opina todo el tiempo indeclinablemente. Es fatal. Pero no pueden opinar frívolamente sobre los conceptos de exactitud ¿Como refutar la objetiva función de Pi por Radio al Cuadrado? No hay manera, es lo que es.


He notado que la gente trabaja demasiado produciendo cosas inútiles. Luego, similar cantidad de gente vive consumiendo montones de cosas inútiles, las mismas que otros -o ellos mismos- produjeron inútilmente. Por lo tanto no tengo por qué culparme  al admitir que me agrada no hacer nada. Hasta me atrevería a decir que no hacer nada tiene cierta nobleza.








Además ahora se cortó la energía y no hay luz, he prendido dos velas  y busco la linterna de luz blanca que alimento debajo del escritorio. La gata maulla porque quizás necesite salir pero no se atreve porque, es sabido, detesta la lluvia y le teme a la tormenta. Deambulo por la casa como si fuera mi propio fantasma, me acerco a la ventana del escritorio y veo el campo en medio de la noche y la tormenta que huye haciendo estragos y entonces es cuando me pregunto qué estoy haciendo aquí. Es cuando todo recomienza.



lunes, 29 de abril de 2013

Entre Aida y Homero



A la memoria de Aida Bortnik


Hace menos de una semana murió Aida Bortnik, guionista, periodista y escritora con la que, en cierta época, compartí algunas salas de redacción en Buenos Aires. Y de eso precisamente se trata. En la primavera de 1970 conseguí que el semanario Panorama me contratara como colaborador estable a fin de que al poco tiempo fuera nombrado redactor. En esos días, ya avanzado septiembre, me encargaron la traducción de las cartas sobre los peligros de comprometer a los Estados Unidos en Indochina que intercambiaron John Kenneth Galbraith y el presidente Kennedy durante los años en que Galbraith se desempeñó  como embajador en la India.
Un jueves, pasado el mediodía, en la redacción del semanario sólo sonaban tres máquinas, la de Aida Bortnik, la del crítico  cinematográfico uruguayo Homero Alsina Thevenet (HAT, para los amigos) y la mía, redactando mi traducción. Por distintas razones ninguno de los tres habíamos salido a almorzar. Por razones de trabajo guardábamos silencio concentrado cada quien en lo que estaba escribiendo. Afuera cantaban los pájaros y el cielo era azul. Aida ocupaba el ala izquierda de  la redacción unos tres escritorios por detrás del mío, ubicado en la fila del centro, y Homero se situaba en el ala derecha del salón. Entre ella y él no habría más de seis metros de distancia. En un momento dado oigo que Aida pregunta:
- Homero ¿Sabe qué día es hoy?
Y Homero, sin dejar de mirar el teclado responde:
- Jueves, Aida.
Y ella, después de un suspiro, alentada seguramente por la proximidad del fin de semana, exclama:
-Ay qué lindo, Homero...
Y él, siempre en el mismo tono y sin dejar de escribir, le responde:
-Ay, Aida, a cuántos días le habrá dicho lo mismo...
La oportuna gracia del chiste, la inmediatez de la respuesta y su indudable fineza, características del ingenio y estilo de Homero, hicieron que mi risa se sumara espontáneamente a la de ellos y empezáramos esa tarde a conocernos.
Han pasado algo más de cuarenta años y esa gracia repentina sigue viva en mi memoria, como siguen vivos ellos cuando la evoco.


domingo, 31 de marzo de 2013

Anécdota

El Olvido,el Encuentro



Anoche, en una comida en casa de amigos, el editor francés Jean Paul Enthoven me contó que Héctor Bianciotti, dos días antes de morir en 2012, lo llamó por teléfono porque quería saber cómo se encontraba Paul Valéry de salud.
Bianchotti hacía años padecía de Alzheimer y Paul Valéry había sido su primera lectura francesa en la pampa cordobesa a mediados de los años 40. Por su lado, Jean Paul Enthoven es otro gran entusiasta de  Valéry, de manera que Bianchiotti "sabía" a quién debía dirigir ese tipo de pregunta. 
Desde luego, la anécdota me pareció conmovedora y recordé a Bianchiotti en París hablándome de  mi retrato de Juan Rulfo publicado en La Nación y de mi novela El Apartado a la que, no obstante sus elogios, jamás recomendó publicar a Gallimard debido a que era "demasiado europea" para la boga latinoamericanista de fines de los años 70. 
Estábamos tomando café en Deux Magots y Severo Sarduy, que se encontraba con nosotros, no compartía la opinión de Héctor, alegando que Buenos Aires era "un destilado" muy particular de América Latina y que yo, sin duda, era porteño. Pero no hubo nada que hacer. Misteriosamente, sin embargo, Gallimard se quedó con El Apartado aunque todavía sigue sin editarlo. 

Por si alguien manejara nociones biográficas distraídas tal vez no sea ocioso añadir que Paul Valéry nació en 1871 y murió en 1945. 
Uno de sus grandes poemas es El Cementerio Marino, impecablemente traducido al español por Jorge Guillén y editado por primera vez en París en 1922.

domingo, 17 de marzo de 2013

Hojas sueltas recuperadas-7

ESCENAS DE UN MATRIMONIO


Lunes 14 de enero de 1977

Siempre que los visito les pasa algo un poco fuera de lo común. Y quiero entender que cuando no los visito también les pasan cosas fuera de lo común. Ese aire de comedia al borde de la catástrofe parece ser la materia más genuina de su naturaleza, y esa materia trasciende los límites de la simpatía pero, al mismo tiempo, esa comedia al borde de la catástrofe es parte de la sustancia que despierta en mi caso la simpatía hacia ellos.
Tal vez  sean originales.

Hay en esta casa un ordenamiento que jamás se "ordena" del todo. El orden de esta casa es un permanente desorden. Todo cae y es repuesto, pero vuelve a caer. Se diría que esta pareja se ve obligada a vivir en medio de una actividad frenética, incesante. Pero no es cierto, sólo lo parece.
En realidad, se mueven innecesariamente, se mueven porque moverse es parte del desorden.

Hoy el chico estaba jugando con un objeto de vidrio y de pronto tropezó, y al tropezar se fue de bruces, se astilló el objeto de vidrio y se cortó la piel de la rodilla. No fue grave pero debió arderle e impresionarle. Y entonces se puso a llorar, naturalmente.
Se impuso, claro, la necesidad de aplicarle un desinfectante y una curita o bien dejar la pequeña herida al descubierto pero, en rigor, nadie hizo demasiado porque todos mostraban una rara pereza. Más bien, ella y él cabildearon sobre el tema hasta que el chico dejó de berrear y empezó a observarse la lastimadura con el mismo interés que habría puesto para observar un insecto posado en su rodilla.
Estaba lloviendo y llovía sin parar, entonces él dijo "Esta puta lluvia que no para". Y ella:" Sí, llueve, pero yo ya no tengo en cuenta estas desgracias naturales porque son tantas todo el tiempo..."
¿Aceptación, madurez, resignación, indiferencia?
El me guiña un ojo y me dice: "La típica pasividad judía". "No entiendo -dice ella- como pude casarme con un antisemita". Ahora él se ríe y responde: "Te casaste conmigo porque no soy antisemita" "Sí, quizás no lo eras cuando nos casamos, pero ahora sí lo sos, y cada vez más" 

Después él cambia de tema y comenta: "Desde el nacimiento de mis hijos creo haber perdido la sensación de que todo finalmente puede arreglarse".
Ella, que está trabajando en un poema escrito en un cuaderno escolar, murmura: "Ahora todo recae sobre mí, te lo juro (se dirige a mí)" y de inmediato pide que retiren al chico :"Por favor, saquen a este chico de aquí por un momento". 
La hija mayor, una niña muy bonita y madura para su edad, resuelve el engorro llevándose a su hermano al cuarto de ella mientras hace un par de lúcidos cargos a sus extravagantes padre.

Ahora, durante un largo momento, tomamos cerveza y hablamos de Heráclito. Confieso que me siento perdido y  prendo un cigarrillo.

Más tarde el pequeño vuelve a las andadas. Lleva en la mano un vaso lleno de agua y lo vuelca por entero sin soltarlo. El padre sonríe sacudiendo la cabeza. La madre parece adormecerse repitiendo una especie de letanía porque, me parece, repite para sí los versos que está escribiendo. A estas alturas, el padre se pone a buscar algo que supone se extravió en algún rincón de la casa hoy o ayer, no sabemos. 
No deja de moverse, y mientras se mueve me dice:"He  perdido sensibilidad, hoy son pocas las cosas que me conmueven. Estoy bloqueado". Y al cabo, añade: "Creo que si pudiera viajar a Inglaterra allá encontraría a papá ¿no es raro?" 
Ella le clava los ojos azules con un brillo conjunto de indignación y tristeza y declara:

"Estás loco como una cabra" . Y yo empiezo a despedirme.

Días después. Ella me habla de sus fobias. Confiesa que, en los últimos tiempos apenas si soporta la luz de la mañana y me dice:"Es el sol negro de la melancolía". Dice que tiene miedo, pero es un miedo apagado, sin fuerza, sin ninguna capacidad de reacción. Cada mañana concibe una idea suicida y me explica las características de las depresión que la envuelve. La compara con la  náusea y el vómito y la noción permanente del sin sentido de todo lo que es y de todo lo que ocurre. "Es algo -trata de precisar- que transforma la realidad hasta borrarla, pero no, no la borra, la borronea, lo que es peor. Vivo una realidad borrosa.  
Antes solía hablar de política, ahora ya no, ahora teme que la denuncien y vengan a buscarla y la asesinen. Dice que ha vuelto a leer mi novela "El Apartado" y siente que es una desgracia porque narra la desgracia. No sé qué decirle. Tal vez deba sentirme halagado, pero tengo mis dudas.

El sábado 17 de enero al atardecer.
Anoche otra vez en casa de ellos. El está feliz porque encontró lo que se había extraviado en algún rincón de la casa. Mirá, me dice, fijate que objeto distinguido, qué belleza, era de papá. Se trata de una lupa de lectura fabricada en Holanda en el siglo XIX. Y ella  dice:"Se pasa el día entero leyendo el diario a través de la lupa". Me encanta, dice él, descubrir el grano de la tinta y los espacios entre los granos. Es como mirar el universo, porque de pronto las palabras ya no importan, no significan nada, son solamente un fenómeno material ¿ves?
En ese momento, ella hizo el gesto de estar masticando un chiclet, pero de perfil, estirando el cuello y el pelo rubio hacia atrás, con la cabeza un poco en alto contra la pared blanca iluminada por la lámpara de pie. 
Pensé que estaba posando para volverse "inolvidable". Y él dijo, se la ve hermosa. Sí, asentí. Y él, me gusta la palabra"hermosa" porque es total y los tilingos la odian. Son tan boludos... 
Ella se ha puesto a reír. El dice de sí mismo que tiene raíces aristocráticas procedentes del Alto Perú, las únicas raíces aristocráticas de América, añade, que, por lo demás es un potrero...
Yo, en cambio, le digo que tanto su mujer como yo "venimos de los barcos", ante lo cual se encoje de hombros y comento que hay maravillosas excepciones.

Ya en la calle, caminando por la vereda del parque me pregunta muy seriamente si yo creo que está loco. Y agrega que toda su memoria es culpable, toda, por entero. sin salida. Ahora estoy mejor porque empiezo a aceptarme, a admitirme ¿Te das cuenta?  Yo asiento con la cabeza sin saber en realidad qué cosa estoy convalidando. Y entonces me cuenta que tuvo una experiencia homosexual como prueba de su búsqueda. Le digo que no lo puedo creer. Sí, me dice, creeme, estuvo muy bien pero no veo que prospere, en el fondo no me interesa. Le pregunto si lo que me está diciendo es que se acostó con  un tipo. Bueno, aclara, no llegamos a la cama, preferimos masturbarnos sentados uno frente al otro.

Después vuelve a tocar el tema de la lupa, del uso "aristocrático" de tal adminículo, de la incomprensión de ella, su mujer, ante ese uso, una incomprensión, subraya, completamente plebeya. 
Nos despedimos.

Tres o cuatro noches más tarde resuelven recrear a Shakespeare, él será Macbeth y ella Lady Macbeth. Ella le dice te odio porque eres un cobarde y un pobre loco y apenas un asesino. Yo, en cambio, dice él, te amo y te deseo y te odio también. 
Recitan. Yo corrijo con el texto en la mano aunque se trate de una versión libre. Los chicos están en casa de la abuela. Debido a un gesto demasiado brusco, ella rompe una jarra de barro y todo la obra se viene abajo. 
El amaba esa jarra, cómo la amaba... Además (confiesa llorando) te empezaba a desear esta noche y ahora me has deserotizado miserablemente.
Yo los dejo y me llevo a mí mismo como si arrastrara mi alma por el piso. Esta noche los he detestado.


Una tarde (no marqué la fecha), él me lee un trozo de Nietzsche. Estamos sentados en el Café del Parque. Nietzsche dice:
" Las grandes cosas es preciso callarlas o hablar de ellas con grandeza, es decir con cinismo e inocencia". Me mira triunfal. Yo, en cambio, lo miro desconcertado. Me pregunta qué me pasa. Le digo que, francamente, esa idea me resulta incomprensible. Estalla: ¡Cómo te va a resultar  incomprensible, Por Dios!. Francamente, insisto, este párrafo se me presenta difícil y confuso, porque no veo que haya grandeza en el cinismo, tal vez sí en la inocencia pero no en el cinismo y además ¿en qué punto podrían corresponderse grandeza y cinismo, me querés explicar? Pero se ha puesto pálido y ya no habla.


Después de una crisis nerviosa ella ha pasado una semana internada. Camina como si flotara y me ha contado que, diez años atrás, en "una internación parecida" conoció a Alejandra Pizarnik y sintió que podía amarla. Y de pronto recita:

  El poema que no digo
  el que no merezco.
  Miedo de ser dos
  camino del espejo:
  alguien en mí dormido
  me come y me bebe.

"Me dan ganas de llorar" dice. Trato de consolarla. Me comenta que su matrimonio está terminado.

miércoles, 13 de marzo de 2013

Hojas sueltas recuperadas-6

                                                        INSIGHT


Lunes 14 de abril de 1977

Indagación de emociones.

¿Qué siente ahora?
Depresión. No muy aguda, pero es un estado depresivo.
¿Se dio cuenta de que estaba deprimiéndose mientras hablaba?
Sí.
Así que lo vivía, lo estaba viviendo y no me lo dijo.¿Experimenta algún trastorno físico?
Algo... Una especie de vacío en el estómago y cierta opresión en el plexo. Creo que si la situación emocional se agudizara en esa dirección podría sentir un principio de náusea.
¿No de hambre?
No exactamente.
¿Se da cuenta...? Las emociones son pensamientos  del cuerpo. Enseñan más que las ideas.Pero usted confía demasiado en las ideas.
Ya sabemos...
Eso es. Además me parece percibir que otros sentimientos subyacen a la depresión. Y como siempre  usted se defiende de las emociones con ideas o con violencia.
Bueno, sí, podría, creo, reaccionar con cierta violencia...
Exacto. Muy probablemente ¿Y por qué?
Bueno, sería una respuesta...
¿A  quién?
Supongo que a la propia debilidad, para no dejarme estar totalmente.
Pero ahora, ahora mismo, es como si tuviera algún sentimiento agresivo hacia mí, por "no sacarlo", por llevarlo, digamos, a la depresión, etc.
(Silencio. Pienso y no hablo y registro lo que no dije):
¿Sabe que creo? Que esto es un juego, pienso que estamos jugando. Yo vine a pedir ayuda, yo vine para saber qué debo hacer. Porque si sólo veo dos salidas pero hay una tercera ¿por qué no me la muestra? ¿Se la guarda en la manga para sorprenderme?


Al día siguiente. Escribo estas notas en el cuaderno de tapas marrones. Almuerzo chino a las tres de la tarde después de haber espantado a un marica que me la quería chupar en el baño del subsuelo de Cinearte. La ciudad, fascinación que induce, levanta y hiere. Tres whiskys en la barra de Lavalle mientras siento en el estómago la canción dulce de la salsa china.
No deseo volver al análisis.