Fue a partir de Samuel Backett que empecé a construir mis propias repuestas a propósito de mi necesidad de escribir. Primero sentí que quizás no habría niguna necesidad de escribir sabiendo que en el fondo, de todos modos, se trataba (se trata) de una especie de fatalidad imitativa, de una suerte de ley de gravedad, de algo perfectamente físico, rítmico, mimético, gramatical, sintáctico, acústico...
¿Qué ocurre cuando repito el verso de Byron "She walks in beauty like the night"? Es un suave golpe en algún lugar de los sentidos, como música, un sonido, un significado de combinación perfecta entre la belleza de la mujer andando y la belleza circular de la misma noche a la que Byron compara con la mujer.
¿Qué ocurre cuando repito el verso de Byron "She walks in beauty like the night"? Es un suave golpe en algún lugar de los sentidos, como música, un sonido, un significado de combinación perfecta entre la belleza de la mujer andando y la belleza circular de la misma noche a la que Byron compara con la mujer.
¿Es así? Es posible. Por momentos me inclino a pensar que la escritura obedece a las leyes físicas de la gravedad: una palabra cae al lado de otra y entre ambas generan un campo magnético de atracción y repulsión donde las dimensiones constitutivas en tensión van a ser la estética y el sentido.
Tal fenómeno ocurre si entre las palabras escogidas existe empatía; quiero decir que puede tratarse de palabras opuestas pero que se corresponden, o que suenen tan bien que resulte imposible no dejarlas juntas. "Una pareja compenetrada", llamémosle.
Tal fenómeno ocurre si entre las palabras escogidas existe empatía; quiero decir que puede tratarse de palabras opuestas pero que se corresponden, o que suenen tan bien que resulte imposible no dejarlas juntas. "Una pareja compenetrada", llamémosle.
Reproduzco ahora y aquí una idea de Giorgio Agamben porque le encuentro el efecto de un disparador hacia la apertura de este hecho poco menos que enigmático que es el acto de escribir. Dice lo siguiente :
" Se ha dicho alguna vez que en cada libro hay algo así como un centro que permanece escondido; y que es para acercarse, para encontrar y -a veces- para evitar este centro que se escribe ese libro".
En consecuencia, escribir es una indagación arqueológica que se lleva a cabo sobre la superficie de la hoja o (ahora) de la pantalla. Escribir es una excentricidad de incalculable belleza. Yo, acaso sin proponérmelo, procuro la exactitud y me topo -si estoy con suerte- nada menos que con la belleza. El tema de la belleza es controversial porque se la ha denostado con estúpida insistencia desde los tiempos del "realismo" y lo curioso es que el realismo no subsite sino como escoria mientras que la belleza allí está. Por lo demás, si bien puede no ser filosóficamente cierto, belleza y verdad quieren ir juntas, por lo menos desde las propuestas estéticas antiguas alentadas por Aristóteles, sean o no valederas.
Pero ¿qué importa? Quien escribe, aunque lo haga desde el más hondo invento, "percibe" la belleza si es "honesto" en su construcción ficcional. Así me parece a mí que son las cosas. Desde luego, cuando hablo de la belleza no pienso en la belleza "deslumbrante", anunciada con clarinetes y tambores, eso no es belleza sino acaso todo lo contrario.
Cuando habla de belleza hablo de algo casi esquivo, de una aparición que apenas aparece, de una evidencia que huye y que, sin embargo, cambia nuestra vida.
Veo ahora que la reflexión sobre la escritura está destinada a ser ella misma escritura. Escribir sobre escribir es escribir escribiendo, hasta el vértigo tautológico de Gertude Stein al rezar "a rose is a rose is rose is a ...rose" o para citar el comienzo bíblico de su "Ser Norteamericanos 2" que empieza así:
"He estado exponiendo la historia de muchísimos hombres y muchísimas mujeres. En un determinado momento expondré la historia de toda clase de hombre y mujeres que existen". Sabemos que no es cierto, pero es glorioso, y está dicho con palabras corrientes. He ahí un desmesurado propósito ficcional expuesto sin fastuosidad alguna. Y eso lo vuelve "creíble" y "legible".
Pero ¿qué importa? Quien escribe, aunque lo haga desde el más hondo invento, "percibe" la belleza si es "honesto" en su construcción ficcional. Así me parece a mí que son las cosas. Desde luego, cuando hablo de la belleza no pienso en la belleza "deslumbrante", anunciada con clarinetes y tambores, eso no es belleza sino acaso todo lo contrario.
Cuando habla de belleza hablo de algo casi esquivo, de una aparición que apenas aparece, de una evidencia que huye y que, sin embargo, cambia nuestra vida.
Veo ahora que la reflexión sobre la escritura está destinada a ser ella misma escritura. Escribir sobre escribir es escribir escribiendo, hasta el vértigo tautológico de Gertude Stein al rezar "a rose is a rose is rose is a ...rose" o para citar el comienzo bíblico de su "Ser Norteamericanos 2" que empieza así:
"He estado exponiendo la historia de muchísimos hombres y muchísimas mujeres. En un determinado momento expondré la historia de toda clase de hombre y mujeres que existen". Sabemos que no es cierto, pero es glorioso, y está dicho con palabras corrientes. He ahí un desmesurado propósito ficcional expuesto sin fastuosidad alguna. Y eso lo vuelve "creíble" y "legible".
No veo manera de seguir reflexionando sobre esta actividad a la que no hago otra cosa que dedicarle la vida entera sin antes repetirme un muy definido absurdo: siempre me supuse obligado a escribir y en cierto punto, y apesar de esa obligación, de inmediato me siento incapaz de hacerlo, desprovisto de todas mis hablidades, despojado de toda certeza con respecto a la presencia de un sentido, de algún sentido.
No obstante lo cual me pongo a escribir indeclinablemente. La paradoja es extrema: Nada me obliga a hacerlo, es difícil hacerlo, no hay cómo hacerlo y sin embargo hay que hacerlo. Beckett lo dijo de una vez para siempre y yo lo hice mío como quien a ataja una pelota que le tiran al voleo desde el aire.
No obstante lo cual me pongo a escribir indeclinablemente. La paradoja es extrema: Nada me obliga a hacerlo, es difícil hacerlo, no hay cómo hacerlo y sin embargo hay que hacerlo. Beckett lo dijo de una vez para siempre y yo lo hice mío como quien a ataja una pelota que le tiran al voleo desde el aire.
Es verdad, escribimos incitados por el hallazgo de un centro auspicioso o temible que está oculto en algún punto de las páginas en blanco que vamos cubriendo con signos.
Supongo que toda obra -prosa, poema, escritura, en fin- se dispara detrás de un hallazgo presunto. Toda obra importa un misterio, un enigma que avanza mediante la noción -también física!- de suspenso, paso a paso o salto a salto. A veces llegamos al centro y no hay nada, pero entonces ese es el centro: nada. Otras veces hay una sospecha, una pregunta, una promesa, y ese es el centro: un algo que nos inquiere.
Cuando escribí El Apartado (y lo menciono porque es el primero y no necesariamente el preferido) sólo se trataba de la pasión rítmica de la escritura, línea a línea, y del gusto "performativo", sensual, casi táctil de la construcción a la que daba forma con -precisamete- el uso de la "forma". Sabía, de manera no muy clara, que estaba avanzando sobre el vacío pero lleno de deleite, sabía que las palabras eran protagónicas, que las palabras eran también "personas", que el silencio podía ser "dicho" y yo "decía" el silencio y eso, hay que admitirlo, me embriagaba.
En cuanto al centro...¿Dónde estaba el centro? La sensación predominante era que el centro se desplazaba, se corría, se mostraba un poco sólo para mejor ocultarse y reaparecer más tarde. Aprendí (aunque es sólo un modo de decir) que el centro secreto de El Apartado estaba en el margen. Pero tal vez no sea así y seguramente no importa. Porque, en definitiva, sigo escribiendo en procura de ese centro que con bastante frecuencia intuyo como un margen que cambia de sitio.
Por último ¿Existe la felicidad de la escritura? Sin duda que existe, y en distintos grados. Creo (y digo creo porque sospecho que hubo otros momentos análogos) que nunca escribí en un estado de felicidad tal como cuando escribí "En otra parte". Tenía música de fondo y era como estar dentro de una película actuándola y escribiéndola al mismo tiempo. Una fascinación de ritmos, velocidades, sinapsis, saltos al vacío, vuelos de trapecio, acordes melódicos. Por momentos, la sensualidad resultaba sencillamente insoportable: era como rozar con la yema de los dedos la piel brillante y pálida de una mujer desnuda. La música era Abbey Road y Los últimos cuartetos de Beethoven, ni siquiera sabía qué cosa estaba escribiendo, pero se parecía a una novela negra tomado en broma. Y era, lo sé ahora, una diversión trágica cuyo centro estaba en todas partes.
Tal vez escribir sea tan inútil, tan inexplicable e imprescindible como los sueños.
Rodolfo Rabanal.