Cuando me pregunto qué estoy haciendo aquí no ignoro que formulo una pregunta insensata, porque sé muy bien lo que estoy haciendo. Sé muy bien que no estoy haciendo mucho, sobre todo porque me parece que es un poco inútil empeñarse a fondo en cualquier cosa, y además porque me va mejor la idea, por lo menos, de no hacer nada. Si bien es cierto que no es demasiado fácil no hacer nada. Por otra parte, a nadie le importa, en el fondo, lo que uno hace o deja de hacer, a nadie. La indiferencia general es tan espontánea como la risa (si vamos al caso), aunque más usual y afamada.
Nadie me pide que haga lo que hago. Esto último, si bien se mira, es extraordinario. Nadie me pidió, rogó u ordenó que me viniera a vivir donde vivo. Nadie me pidió, rogó u ordenó que me pusiera a escribir todo lo que he escrito y todo lo que escribo, o leo, o pienso, o deseo, o deploro. Nadie. Y si esto se mira desde la óptica del vaso medio lleno deberíamos hablar del priviligio que otorga esta libertad sin bordes.
Desde ya, no hay libertad sin bordes, pero hagamos como si la hubiera. Sabemos que toda nuestra cultura se articula en el famoso eje del como si canonizado por Kant, a partir de la concepción altamente (o totalmente) ficcional de la realidad. La realidad es ficción. Lo cual suena hermoso, sea como sea. Pero yo hablaba de la libertad. De una libertad tremenda, bastante amiga de los márgenes y de la desidia activa. Una libertad algo atroz.
Es muy raro, todo el mundo menciona la palabra libertad con la misma disponible ligereza que se emplea para hablar de zapatos, intereses bancarios o del clima ambiente. Esta deplorable ligeraza es sólo atribuible a la corrosiva frivolidad que caracteriza a esta civilización barranca abajo, ni más ni menos. Porque nadie sabe que cosa es en realidad la libertad. Se puede saber que cosa es la falta de libertad, sí. Eso sí. La definición por la negativa puede echar luz señalando lo que falta. Eso sí. Pero el que afirma saber que cosa es o puede ser la libertad es probable que sea un imbécil.
Volvamos a la pregunta insensata que inició esta reflexión tan laxa. Volvamos a la pregunta, cuya fuerza retórica me tienta como me tienta siempre repetir el ritmo que dinamiza a un verso en la construcción de un poema. Quiero decir que esa pregunta improcedente e insensata es, no obstante, una especie de disparador metafísico. Eso.
Voy a situarme en la escena que motivó la autointerrogación insensata. Estoy aquí a la una de la madrugada y afuera ruge la tempestad sin ninguna clemencia visible. El vendaval, una lluvia picada como una carga de artillería contra las chapas del techo más el aullido del viento, me infunde cierto pavor, no hay por qué negarlo. No soy un héroe. Nunca lo fui ni busqué serlo, admitámoslo. Tampoco soy un niño de pecho. Tengo mis años, hasta es posible que ya sea viejo. Qué horror. No quiero hablar de la edad, me niego hablar del tiempo; siempre hablo de edad, siempre hablo del tiempo. Pero no quiero.
En medio de esta situación mi temor principal es que una racha de ciento setenta kilómetros por hora arranque el techo de cuajo y lo deposite a doscientos metros de distancia dejándome en medio de la nada como Lear bajo la tormenta. Mi temor es que además se derrumben las paredes y nos quedemos definitivamente en pelotas. Pero el viento amaina y la lluvia se adelgaza, entonces baja el frío y yo recupero el ánimo y me digo: miedo, lo que se dice miedo, no tuviste nunca, nunca creíste que de verdad soplara una racha de viento capaz de levantar el techo, nunca.
Desde ya me contradigo, niego el sentimiento que tuve hace un momento, no lo reconozco y no porque no quiera, no, no soy ese tipo de miserable, para nada. Sólo ocurre que al dejar de sentirlo el miedo perdió entidad.
Pero así soy, pro y contra, blanco y negro, yo y mi doble. Por eso, cuando me jacto de no hacer nada, miento: estoy ocupadísimo.
Sospecho que no es tan sencillo ser yo. Me meto en problemas lógicos, estudio los principios elementales de la Física Cuántica, trato de entender a los sanguinarios banqueros, procuro recordar en italiano algunos de los cantos de la Comedia, intento escribir poemitas graciosos en inglés. Hago de todo un poco. Y no es que obtenga mucho, no, más bien me lleno de dudas, miro las plantas del jardín de atrás, prendo el fuego con leña de eucalipto y piñas secas, me sirvo un vaso de whisky y conjeturo sobre el camino y el destino de la poesía universal hermética.
Wittgenstein confiesa en su diario:"Ahora soy un poco más decente. Sólo quiero decir que ahora tengo más clara mi indecencia de antes". Me gusta, porque se me ocurre que a mí me sucede lo contrario. No puedo ser tan preciso al respecto, aunque adore la exactitud. La personas como yo adoran la exactitud. Adoro las matemáticas y las construcciones geométricas y detesto los desbordes del barroco aunque suela cometerlos con alguna frecuencia, luego me arrepiento y rompo todo.
Dije hace un momento que adoro la exactitud, y quiero creer que debo ese sentimiento al hecho de que lo exacto no admite discusiones estúpidas sobre gustos, inclinaciones, apetencias y cosas parecidas. Nadie me puede discutir que las primeras propiedades superficiales del plano se refieren al concepto de ángulo. Nadie. Cualquiera puede refutar la política de este o de aquel gobierno u opinar sobre sus gustos (o falta de gusto) en arte o literatura. Es fatal. Todo el mundo opina todo el tiempo indeclinablemente. Es fatal. Pero no pueden opinar frívolamente sobre los conceptos de exactitud ¿Como refutar la objetiva función de Pi por Radio al Cuadrado? No hay manera, es lo que es.
He notado que la gente trabaja demasiado produciendo cosas inútiles. Luego, similar cantidad de gente vive consumiendo montones de cosas inútiles, las mismas que otros -o ellos mismos- produjeron inútilmente. Por lo tanto no tengo por qué culparme al admitir que me agrada no hacer nada. Hasta me atrevería a decir que no hacer nada tiene cierta nobleza.
Además ahora se cortó la energía y no hay luz, he prendido dos velas y busco la linterna de luz blanca que alimento debajo del escritorio. La gata maulla porque quizás necesite salir pero no se atreve porque, es sabido, detesta la lluvia y le teme a la tormenta. Deambulo por la casa como si fuera mi propio fantasma, me acerco a la ventana del escritorio y veo el campo en medio de la noche y la tormenta que huye haciendo estragos y entonces es cuando me pregunto qué estoy haciendo aquí. Es cuando todo recomienza.